Ninfa Sirena

Ninfa Sirena
Cuando ves a Luna – enmarcada en su melena roja, detrás de sus anteojos agatados, siempre con un gesto de que está a punto de reír o de decir algo importante- piensas por un instante que Gabriela Mistral escribió: “Dame la perseverancia de las olas del mar, que hacen de cada retroceso un punto de partida” inspirada en ella porque cada vez que aparece es como si el mar se estrellara contra un roquerío, con todo el estruendo y todo el espectáculo.
Ella no cree que transmita algo extraordinario, cree, de hecho, que su vida es la típica de los habitantes de su comuna de siempre, Puente Alto. Pero no, la vida de Luna es excepcional, es la vida de una mujer que resiste. De una niña que creció resistiendo.
“Si nadie me decía que lo que pasaba estaba mal, ¿cómo iba a saberlo yo, si era una niña?”, se pregunta.
En su casa, el silencio era la norma y ella se desplazaba como una criatura del fondo marino, acostumbrada a la oscuridad desde los 3 años, cuando el papá de su mejor amigo abusó de ella y no sería el único.
“Siempre me preguntan cómo no dije nada, si mi padrastro y mi vecino abusaban de mí desde tan chica. Lo que no entienden es que yo era una niña y si los adultos a mi alrededor no decían nada, ¿cómo iba a saber yo que eso que me estaban haciendo estaba mal? Constantemente mi vecino y mi padrastro me explicaban que era solo un juego, que era normal y que era un secreto. Una vez, le mencioné a mi mamá que no me gustaba el juego al que me tenía sometida mi padrastro y quedó la embarrada, pero su juego siguió, por lo que asumí que no había mucho que hacer”, intenta explicar.
Sólo 10 años después, cuando escuchaba las primeras aventuras sexuales de sus amigas, entendió qué era lo que había sufrido. Poco después comprendió que su mamá también había sido abusada en su infancia, que la historia se repetía, que las olas que van y vuelven sin interrupción hasta que algo se interpone.
Entonces decidió que no podía seguir viviendo con su padrastro y tenía que encontrar a su papá. En su desesperación por recibir amparo, fue él el primero en enterarse de los abusos que había sufrido, como si una secreta esperanza impulsara a la joven a contarle todo a su papá para que la cuidara. Él se quedó mirando al suelo, guardó silencio y Luna confirmó que estaba completamente sola.
Se transformó en una jovencita temeraria, de movimientos rápidos que se contradecían con su mirada cansada. Le costaba concentrarse en clases, le costaba aprender. Su mamá no sabía qué hacer y su hermano le mostró una salida inesperada cuando la invitó a un entrenamiento de rugby. Luna empezó a jugar también. Era delantera, una especie de muro que enfrentaba al rival con embistes de carnera, que empujaba con su cabeza, con su cuerpo, con la fuerza de la corriente subterránea que le ha permitido avanzar siempre.
Tenía 17 años cuando apareció Esteban, amigo de su hermano. No le gustaba tanto, pero para una muchacha que no sabe lo que es el cariño, un par de abrazos y un poco de atención parecieron suficientes y se convirtió en su primer pololo. Como suele suceder, al comienzo todo era miel sobre hojuelas. La cuidaba, le hacía regalos, la trataba bien, la apoyaba.
Algunos meses después apareció la actitud depredadora que surge del abismo. Primero le prohibió seguir jugando rugby, después empezó a revisar su celular, luego la apartó de sus mejores amigas, tiró una red y la arrastró hasta dejarla sola. Luna se sentía atrapada y despojada de quien era. Llegó un momento en que estaba tan cansada y sola que se fue a una toma porque pensó que en un lugar sin agua ni luz podría al fin estar en paz.
En ese escenario desamparado supo que estaba embarazada. Estaba tan decepcionada que recibió la noticia como un dato más, una nueva dificultad en la que prefirió no ahondar porque ¿cómo podría ella cuidar la vida de otro? Así es que siguió en lo que estaba: estudiaba y trabajaba para poder juntar algo de plata y comprar platos, vasos, una frazada. Al llegar, dormía en una colchoneta. Se acostaba con hambre, se levantaba con hambre, iba al trabajo, regresaba, hambre, colchoneta y repetir. Cuando el mar está quieto, el movimiento sigue bajo el agua. Luna parecía haber cedido, pero eso no le pasa a una ola.
Dormía con un revolver debajo de la almohada para quitarse la vida cuando tuviera suficiente voluntad. Esteban llegaba de cuando en cuando, la insultaba, la acusaba de traición, perdía el control. No quería que estudiara, ni que fuera al instituto o a buscar algún lugar con luz para poder hacer las tareas y preparar las pruebas. Una noche Esteban armó un escándalo frente a sus compañeros. Estaba celoso, paranoico, le echó bencina a sus cosas y cuando Luna llegó, les prendió fuego. La maltrató hasta que se durmió en medio de los escombros. Al día siguiente, adolorida, rescató lo que pudo y se fue a trabajar. Si había perdido o no a su guagua le daba lo mismo. O eso pensó, hasta que en un examen de rutina le dijeron que era una niña.
“Me quise morir. No quería que ella pasara por lo que había tenido que pasar yo”.
Primero pensó darla en adopción, que la recibiera una familia que le diera todo lo que necesitaba, que la protegiera de lo que ella no podría.
El día del parto llegó sangrando porque la guagua estaba en mala posición. La ingresaron para una cesárea de emergencia, pasó frío y más dolor del necesario, recibió un trato negligente que terminó con ella desmayada porque nadie le dijo que no se podía parar sola al baño. En esa seminconsciencia soñó que abrazaba a su hija.
La llamó Mar, como decretando que encarnaría una fuerza incesante y decidió quedarse con ella para cambiar la historia de las mujeres de su familia.
Le cantaba, le hablaba, le decía que estarían bien, que la flor de loto, tan resistente y fabulosa, no puede crecer sin barro. Luna quería ser su faro, la posibilidad de llegar a una mejor orilla.
El primer golpe de timón fue contar lo que había sufrido todos esos años. Ante la insistencia de su mamá y de sus hermanos para que dejara a Mar en la casa y ella pudiera ir a trabajar decidió aclararles por qué no la dejaría nunca sola cerca de su padrastro.
De los primeros 6 meses de crianza prácticamente no se acuerda. Concentraba toda su capacidad en cuidar y dar a su guagua lo necesario. Poco a poco empezó a reencantarse con la idea de volver a estudiar. La travesía para recuperar su voluntad se consolidó cuando llegó a la Fundación Soymás.
Aplicada y responsable, estudiar programación y, recientemente, continuar sus estudios con una beca en la academia Coderhouse. Además colabora en Soymás como ayudante de programación y así apoya a que otras jóvenes resurjan mientras recupera su confianza, su autoestima, su coraje, su mundo interior, ese jardín de colores como una barrera de coral, donde cada tono y cada especie es una emoción que se durmió en medio de la resistencia, pero Luna trabaja diariamente por recuperar: enfrenta lo que siente, lo que puede y lo que no puede hacer. Se aferra al amor por y de su hija, la lleva al jardín, la acompaña a dormir, su momento favorito del día en el que aprovecha de pensar qué podrá hacer mejor mañana.
“Al principio me costaba darle un abrazo o un beso a mi hija, el contacto físico. Poco a poco, he ido avanzando en darle contacto respetuoso para que ella se sienta segura y amada por mí y aprenda que su cuerpo es solo de ella, de nadie más, y que yo estoy para protegerlo contra viento y marea. Espero poder irme de Santiago pronto y comenzar una vida en paz junto a la Mar, Con eso en mente, me levanto cada mañana. Sé que lo voy a lograr”.
La convicción de Luna está de vuelta, como la del mar. Como la de Mar.
Luna
24 años · Puente Alto · Egresada 2022 – Programación
Hoy: Trabaja de en una empresa de Tecnología
“Pasar por Soymás significó para mí superación, una nueva yo y una misión en la vida.”
Luna creció en un entorno profundamente vulnerable. Su infancia estuvo marcada por abusos y traumas heredados de generación en generación. Desde muy pequeña, encontró refugio en el deporte y el entrenamiento físico, sus únicos espacios de libertad y felicidad. En la adolescencia, fue vista como una “rebelde sin causa”, pero ella sabía que su comportamiento era solo un grito por ser escuchada. El verdadero punto de quiebre fue cuando decidió irse de la casa de sus padres, buscando reconstruirse lejos de un entorno que la dañaba.
A los 21 años, ya era ama de casa, cargando responsabilidades que no le correspondían. Cuando supo que sería mamá, sintió que el mundo se le venía abajo. Todos sus sueños parecían derrumbarse. Vivía con miedo: miedo al futuro, a no poder estudiar, a no tener cómo sostenerse económicamente. Fue una etapa de soledad y mucho dolor.
Su hija Mar, sin embargo, se convirtió en su motor. Una niña fuerte, decidida, con carácter, empática y solidaria. Luna la describe como alguien que se ama a sí misma y ama a los demás. Juntas han superado obstáculos enormes, y hoy se enorgullece de haber recorrido ese camino a su lado. Ser mamá le enseñó que los hijos no impiden cumplir los sueños, solo postergan los tiempos. Aprendió a reencontrarse con sus metas, a seguir construyéndose como mujer, madre y profesional.
Un día cualquiera, navegando en Instagram, vio una publicación de Soymás. Postuló sin expectativas, movida por su deseo constante de superarse. Lo que la motivó fue la posibilidad de estudiar tecnología y que su hija pudiera estar en la sala de apego. Al llegar a la fundación, vivió algo que describe como “liberador”: un aire nuevo, seguro, lleno de belleza y posibilidades. Le costó enfrentar todo lo que había reprimido durante años, pero ese mismo proceso la ayudó a sanar y a comprender su historia.
En Soymás aprendió a valorarse, a reconocer sus emociones, a saberse merecedora de amor, respeto y oportunidades. Aprendió programación, se conectó con mujeres poderosas, y comenzó a escribir una nueva versión de sí misma. Su relación con Mar se fortaleció, logrando superar la depresión postparto y construir un vínculo sano y amoroso. Uno de los momentos que más la marcó fue el fin del programa. No quería irse; sentía que aún tenía mucho por dar y por recibir.
Tras egresar, comenzó a trabajar de manera remota en una empresa de tecnología. Su vida cambió completamente. Siguió perfeccionándose en tecnología, y aunque pasó noches sin dormir y días casi sin comer, logró salir adelante. Hoy sueña con llegar a un cargo importante en el mundo tech, ser un referente nacional, y sobre todo, crear oportunidades para otras madres jóvenes que, como ella, están buscando una salida.
A la Luna del pasado le diría:
“Gracias por no rendirte. Por dar ese paso enorme, por seguir a pesar del cansancio. Todo valió la pena. Hoy somos mejores.”
Y a otras mujeres que hoy atraviesan momentos difíciles les dice:
“Mucho ánimo. Sé que es difícil, pero no es imposible. Nada es eterno.”
Quiere que su hija aprenda que todo esfuerzo tiene sentido, y que, si algo no resulta, es porque la vida tiene algo mejor preparado.
Pasar por Soymás fue su renacimiento. Un nuevo comienzo. Una misión clara: mostrar que sí se puede.