Maestra Búha

Maestra Búha
Hay mujeres que brillan con ostentación y hay otras que brillan discretamente, como una noche clara. Ana es así, un destello silencioso e inesperado. Tiene 25 años camina de manera pausada y pausadamente también observa. Mira y escucha con atención, como si estuviera descubriendo algo que los demás no. Sus compañeras dicen que es como una búha, por su sabiduría inusual, la manera de enseñar sin imponer, las distintas formas de cuidar a los demás, su templanza inesperada.
Porque en su casa de infancia no tuvo ejemplos de ese equilibrio por el que hoy la admiran sus pares. Todo lo contrario. Ana recuerda las discusiones, el olor a alcohol, el ruido, la soledad. “Había mucha tensión, muchas veces tuve que protegerme emocionalmente con las herramientas que tenía”, dice y confiesa que su abuela fue el primer refugio de ternura.
Mientras crecía y sus papás se peleaban y reconciliaban, se fue volviendo invisible, una presencia silenciosa que buscaba dentro de sí un ancla, un muelle, una orilla. La danza, el deporte y el canto fueron una manera de protegerse. Pero alguien que cree que debe salvarse sola no pide ayuda ni siquiera cuando sabe que la va a necesitar. Por eso cuando supo que estaba embarazada prefirió guardar el secreto. Creía que esa era otra manera de protegerse y no le contó a nadie hasta el día en que se graduó de IV Medio, llorando habló con su mamá.
Nació su hijo y lo llamó David. Quiso ponerse a trabajar, pero criar sola a su guagua le ocupaba el día entero. Un día su mamá volvió del jardín infantil donde trabajaba con una idea. Le habló de una fundación donde podían ayudarla a progresar y a cuidar a su hijo al mismo tiempo. Era demasiado bueno para ser verdad, pensó Ana. Pero su mamá insistió y ella, sin demasiada esperanza, postuló al programa de Soymás.
El primer día llegó con una mezcla de nervios y alivio. Fue transitando por ese paisaje nuevo que describe como un claro de bosque porque, aunque no conozcas los detalles, sabes que es dónde tienes que llegar. El equipo la recibió con una calidez que no había experimentado en mucho tiempo. No la miraban con pena. Le ofrecían herramientas. Confianza. Tiempo. “Empecé a creer en mí”, dice agradecida.
Sabe que no fue fácil para quienes estaban ahí al principio porque ella, como había aprendido a lo largo de su vida, guardaba silencio para no molestar y para escudarse. Era tímida, reservada, le costaba abrirse, acercarse y confiar. Poco a poco fue estableciendo vínculos, trabando amistades. Le gustaba la cocina, las manualidades, todo lo que le exigía estar presente en cuerpo y mente. Era tan radical el cambio que pudo ver cómo fue venciendo sus miedos, cómo empezó a tratarse también a ella con amabilidad.
En Soymás aprendió sobre gastronomía y, quizá más importante, concibió la maternidad de una manera nueva. A través de los talleres de crianza pudo ver a su hijo como un ser humano, complejo, completo, entendió la importancia de las emociones, de construir para David un ambiente seguro en términos afectivos y que eso implicaba escuchar, abrazar, contener. Lo que aprendió para cuidar a su hijo, fue también trascendental para ella misma porque confirmó que los sentimientos son legítimos y se pueden compartir, que expresarse, preguntar y pedir ayuda es, no sólo necesario, también sano y un acto de confianza. “Criar no es solo cuidar, es formar un ser humano. Estamos criando a los hombres y mujeres del futuro y vale la pena hacerlo bien”, resume Ana que describe cómo su hijo ha crecido en un ambiente respetuoso donde decir “te amo” no es peligroso, llorar o reír no tienen que ser actos solitarios y el autocuidado no es un lujo, sino una responsabilidad, una de las lecciones más relevantes en su paso por la fundación.
Ana ha sido también muy relevante para Soymás, tanto que, tras egresar y hacer su práctica, le pidieron que volviera como asistente en el curso de gastronomía. Aceptó y hoy enseña y, sobre todo, escucha a las nuevas participantes para decodificar sus silencios, sus historias, sus necesidades a través del, hoy tan escaso, acto de prestar atención profunda al otro.
Cuenta que David es un niño curioso y luminoso que la espera cada tarde con una pregunta, un dibujo o una cartita como la que le entregó hace poco que decía “no quiero otra mamá”, porque es perceptivo como ella y se enorgullece de lo valerosa que ha sido, le gusta como cocina y que esté a cargo de la panadería de la fundación.
Repostera talentosa creadora de tortas llenas de detalles que le piden para matrimonios, eventos y celebraciones, Ana espera tener algún día su propia pastelería. Se la imagina con paredes celestes, ventanas limpias, olor a queque recién horneado y lo suficientemente grande para poder recibir y dar trabajo a otras mujeres como ella. En las tardes, después de ir a buscar a David, se sienta cerca de él y escribe listas de ingredientes, diseña tortas, hace cálculos para emprender mientras espera el momento adecuado, sabe que lo más grande se hornea lento, que no hay que apurar el fuego, que llegará el día en que, como ha planeado también, sea David quien abra las puertas para inaugurar su local y nunca se olvide del mensaje más importante que le quiere legar: “Las cosas no resultan a la primera, que es importante seguir, volver a intentar, perseverar. Que las cosas se demoran, pero llegan, que hay que buscarlas con esfuerzo, con amor y con ayuda”, explica con la naturalidad de quien lo ha vivido.
También le gustaría entregar un mensaje a esas mujeres que hoy sienten que están en un punto ciego de su vida. “Si pudiera las convencería de que no están solas. Que tienen que creer, que busquen ayuda, que se puede”, adelanta con aplomo de quien ha predicado con el ejemplo, una búha que no fanfarronea de sus habilidades y bien hacer, sin embargo deja huella en quienes la rodean. En su hijo, en sus alumnas, en las chicas que la miran fijo pensando “en una de ésas yo también puedo”. Ana está segura de que sí, que todas saben llegar al claro del bosque.
Ana
25 años · Puente Alto · Egresada 2018 – Gastronomía
Hoy: Encargada de Comercializadora y Asistente del curso de Gastronomía en Fundación Soymás
“Pasar por Soymás significó para mí estar orgullosa de la mujer en la que me convertí.”
Ana creció en un entorno marcado por la violencia familiar y la inestabilidad emocional. Su infancia estuvo atravesada por los conflictos provocados por el alcoholismo de su padre, y sólo encontraba refugio en su abuelita. Desde pequeña soñaba con ser profesora y amaba la danza, el canto y el deporte, siempre en movimiento, con una energía que años después la llevaría a interesarse por la gastronomía.
A los 17 años, enfrentó uno de los momentos más difíciles de su vida: un embarazo que ocultó durante nueve meses. Era el inicio de las vacaciones de invierno, y entre lágrimas, le confesó a su madre lo que estaba viviendo. En ese contexto de incertidumbre, sin trabajo ni red de apoyo, comenzó a buscar una oportunidad para salir adelante con su hijo David.
Fue su madre quien le habló de Fundación Soymás, y sin saber bien en qué consistía, decidió postular. Al llegar, encontró mucho más que un oficio: encontró contención, herramientas emocionales, y un espacio donde podía volver a confiar en sí misma y en su capacidad de construir un nuevo proyecto de vida. Eligió Gastronomía por su dinamismo y creatividad, y con el tiempo, logró superar su timidez y formar lazos con otras mujeres que compartían historias de lucha similares.
Durante la pandemia, vivió momentos de fuerte ansiedad. Las crisis de pánico la paralizaban, especialmente en el metro mientras iba a trabajar. Fue entonces cuando recurrió a Pedro, el psicólogo de la fundación, quien la ayudó con herramientas que aún hoy sigue practicando para manejar sus emociones. Ese apoyo emocional fue clave para no sentirse sola y mantenerse firme por su hijo.
Tras egresar, hizo su práctica y trabajó en una banquetera donde adquirió más conocimientos y experiencia, para luego integrarse como parte del equipo de Soymás, primero como asistente del curso de gastronomía y hoy como encargada de la panadería. Enseña, guía y organiza, con orgullo y profesionalismo. En paralelo, ha comenzado su propio emprendimiento de pastelería fina, haciendo tortas para matrimonios y eventos de hasta 50 personas. Su sueño es tener su propia pastelería formalizada, y ya está invirtiendo en utensilios, técnicas y conocimiento para lograrlo.
Ana es madre de David, un niño alegre, inteligente y sociable, que saca buenas notas y le dice con ternura que no querría tener otra mamá. Ese vínculo sano y amoroso es uno de sus mayores logros. Hoy, Ana quiere ser ejemplo de perseverancia para su hijo, y demostrar que incluso en los contextos más difíciles, se puede transformar la vida con constancia, amor y apoyo.
Sueña con abrir su propia pastelería y seguir guiando a más mujeres desde la cocina, devolviendo lo que ella misma recibió.