Dulce Abeja

Dulce abeja
La vida de una abeja no tiene descanso. Viaja, trabaja, cumple su rol en la colmena donde todo es como una gran cocina con olor a miel. Benita parece venida de esa dimensión del panal. Tiene 26 años, es cálida en su trato, dulce, una manera silenciosa de resistencia que sólo se descubre después, como el secreto de sus manos firmes, la generosidad y colaboración que guardan.
Nació en Haití y nunca vivió con sus padres. De flor en flor, de panal en panal, primero la casa de su abuela, luego una tía, una madrastra. Cambiaba de colegio, de barrio y la rutina se mantenía: levantarse muy temprano, cocinar, cuidar a los hermanos, ayudar en el almacén. Caminar dos horas hasta su escuela. Caminar 2 horas hasta su escuela sin zapatos, cruzando ríos de ida y de vuelta al almacén para ayudar un poco más. Acostarse agotada, todos los días. Tenía diez años entonces.
A pesar de las difíciles condiciones, Benita amaba estudiar, sentía que en la sala de clases la veían y podía distraerse, ser una niña. En gran parte por eso, a pesar del sacrificio, persistió. Porque también había elaborado una fórmula secreta para la vida nueva y propia que añoraba: estudiar + trabajar + resistir
A través de esa rutina extenuante, además, fue descubriendo quién era, qué le gustaba. Fue así como logró identificar que su pasión era la cocina. No el acto mecánico de preparar comida, sino la ceremonia de alimentar a otros. Aunque era una imposición, cuando le tocaba cocinar en su casa lo hacía con dedicación y alegría, a veces en la feria, otras en un local. Entre los vapores de sus preparaciones, la joven fue construyendo en su cabeza el lugar que soñaba, un espacio con su sello, pancito caliente, ventanas luminosas y suave música de fondo.
Esa imagen evocaba cada día cuando, a los 19 años, decidió viajar a Chile. Se vino con su pareja en busca de un futuro mejor. Quería estudiar gastronomía, trabajar en lo que la hacía feliz. Aunque era un objetivo sensato, no sería fácil. Ser inmigrante fue el primer obstáculo: “Uno viene a buscar oportunidades, no a quitarle nada a nadie”, explica sin rencor.
Y antes de aprender algún truco en la cocina, antes siquiera de tener papeles, techo y manejar un nuevo idioma, tendría que aprender a cuidar a su hija. Benita también había soñado con la maternidad, pero tampoco ese camino sería fácil. Tenía hipertensión, estaba sola en un país que no era el suyo, comía lo justo, dormía muy poco, trabajaba cada vez que podía, echaba de menos a su familia, “pero”, insiste con la dulzura que la caracteriza, “yo quería ser mamá”.
Responsablemente fue a todos sus controles en el hospital, dos veces por semana, para asegurarse de que ella y su hija estarían sanas cuando se concieran. Fue así, como había imaginado, el día en que Benita y Niza se encontraron. Niza como la ciudad preciosa ciudad francesa que a la vez recibió su nombre por Niké, la diosa griega de la Victoria.
La llegada de su guagua fue, como aprendería que se dice en Chile, “con marraqueta”, es decir, con un asomo de fortuna, un empujón, algo nuevo y bueno para sus vidas. En el caso de ellas fue un llamado cuando Niza tenía tres meses. A través de una amiga la contactaron de la Fundación SoyMás. Le preguntaron lo que jamás pensó que le preguntarían: ¿le gustaría estudiar? ¿aprender un oficio? ¿de manera gratuita? ¿y que mientras estudia cuidemos a su hija? Todavía no hablaba bien español pero había entendido todo y su corazón zumbó como una abeja y dijo claramente: sí, gracias, voy.
Eligió Gastronomía pensando que no necesitaría hablar tanto. Que podría concentrarse en las recetas, en las ollas, en las masas. Pero se equivocaba: tuvo que hablar más que nunca, plantear dudas, defender ideas, pedir ayuda. Aprendió a hacerlo. Sus compañeras la alentaban, las profesoras le decían que era capaz. Y lo era.
Fue progresando rápido en las artes de la cocina. “Mis manos son cálidas”, dice porque saben que se considera un superpoder para amasar. Y es cierto: sus masas son perfectas, las galletas le quedan impecables, el queque esponjoso, el pan crujiente. Su hija dice que Benita huele a pan recién hecho.
En los primeros días de clases, a veces sentía que no entendía todo y sorteaba el desafío observando, imitando, escuchando, como las abejas en su panal que aprenden de sus compañeras mientras trabajan. Le dieron tiempo y espacio para que fuera encontrando su manera de crecer y lo hizo a su manera, discretamente, sin hacer ruido, de pronto, empezó a brillar.
Cuando terminó el curso, le ofrecieron hacer su práctica en la panadería de la fundación. Quedaba un solo cupo. Benita pensó que era una señal del destino y aceptó. Trabajó con alegría y dedicación así es que para sus supervisores fue una decisión natural pedirle al año siguiente que se uniera como parte del equipo. No lo dudó, renunció a su otro trabajo y se incorporó a lo que ella describe: “como una colmena, en SoyMás cada una tiene su rol, su espacio, pero todas trabajamos juntas. Y nos cuidamos”.
Benita cumplió 3 años trabajando ahí. Se levanta temprano, toma desayuno con Niza, la lleva al jardín y va a la panadería. Amasa, hornea, limpia, conversa, a veces canta bajito con la alegría que le da saber que no sólo está ahí para hacer el pan, también para cuidar ese espacio seguro, donde otras chicas pueden comprobar, como ella, que aunque es difícil, se puede. Todo.
La fundación además está pendiente de cómo ir adaptando ciertas exigencias para que su calidad de vida mejore. Por eso ajustó su horario de trabajo para que acompañe a su hija en las tardes, les gusta leer cuentes y hacerla dormir cantando a su hija que ya cumplió 5 años, es risueña, curiosa, considerada y generosa como su mamá, también le gusta cocinar y se imagina cuando grande como repostera “o doctora de perritos” cuenta Benita riéndose porque la hace feliz, en el fondo, confirmar que el horizonte para su hija ha sido siempre más grande y luminoso que el suyo. “Lo que ella quiera ser, yo la voy a apoyar”, asegura y nadie podía dudarlo.
Porque, como todo, este recorrido ha tenido de dulce y de agraz para ella. Extraña su isla, su familia, a veces está cansada y se siente sola y esas noches llora bajito para no despertar a Niza. “Lo hago por ella”, explica y agrega, “también por mí”. Esa última confesión sintetiza gran parte del trabajo personal que ha hecho Benita en SoyMás, aprender a cuidarse, a quererse, a pedir ayuda, rodearse de quienes la valoran, aprender que el truco de las abejas es sostenerse unas a otras.
En las terapias grupales, al principio escuchaba en silencio. Luego empezó a contar su historia. A veces lloraba, a veces reía. Las demás la abrazaban. Nadie la juzgaba. Descubrió que muchas compartían heridas parecidas. Que sanar es transformar.
Se sorprende ahora cuando recuerda que en el taller de Proyecto de Vida, le pidieron que escribiera lo que soñaba. Benita anotó con letra apretada, sin repetir ni equivocarse: estudiar, trabajar, enviar dinero a su familia, construirle una casa a su mamá. Lo escribió con letra apretada, sin tachaduras. No imaginó en ese momento lo que hoy la llena de orgullo: Todo se ha ido cumpliendo. “Ver que sí podía me cambió la vida y ya no me asusta soñar en grande”. Su propia panadería con mini market y todo hecho por ella: pan, pasteles, galletas, con una mesita con libros y lápices de colores para los niños. “No necesito algo grande, pero necesito algo mío”, dice demostrando que la determinación y la amabilidad no son excluyentes.
Cuando está esperando que suba el pan en el horno, se sienta con su libretita, dibuja un logo, hace listas con nombres, elige colores para un cartel, calcula precios. Sin desespero. Una colmena no se construye en un día, alcanzar el objetivo depende de la constancia, del ritmo, de defender el sentido inicial. Parece tenerlo tan claro y esforzarse cada día en ello que, aunque no se proclama líder, ha notado que a su alrededor muchas aprenden y la siguen. La manera en que cada día pregunta a las demás cómo están, cómo ofrece pancito tibio a quienes llegan apesadumbradas, cómo impulsa sin subir la voz, de manera casi invisible, como las abejas diminutas que sin ellas y su imperceptible labor, el mundo colapsaría.
Cuando su hija le pregunta por qué siempre trabaja tanto, ella le contesta:
Porque quiero darte una vida buena. Y porque yo también me la merezco.
Niza entiende y la abraza, se aferra a su dulzura y a su corazón, Benita cierra los ojos emocionada, cansada y segura de que el trabajo dedicado y con propósito tiene resultados extraordinarios, como la miel de las abejas.
Benita
26 años · La Pintana · Egresada 2021 – Gastronomía
Hoy: Trabaja en la Panadería de Fundación Soymás
“Pasar por Soymás significó para mí esperanza y fuerza.”
Benita nació en Haití y llegó a Chile a los 19 años con el anhelo de estudiar y construir una vida mejor. Su infancia estuvo marcada por el abandono y la constante inestabilidad: no creció con sus padres, vivió en casas de distintos familiares y cambió muchas veces de escuela. A pesar de ello, adoraba ir al colegio, su lugar seguro y feliz.
Desde pequeña asumió responsabilidades adultas: cocinaba, cuidaba a sus hermanos, ayudaba en el almacén familiar y vendía comida con su mamá en ferias. Caminaba dos horas para llegar a clases, cruzando ríos descalza. A los 14 años ya conocía el valor del esfuerzo. Fue entonces cuando descubrió su amor por la cocina, soñando con tener algún día una panadería y un mini market.
Cuando llegó a Chile, el camino no fue fácil. Pronto quedó sola, y a los 21 fue madre de Nissah . Su embarazo fue complicado, marcado por la hipertensión y la falta total de apoyo. Sin trabajo y sin papeles que le permitieran estudiar, sintió que sus sueños se alejaban.
Todo cambió con una llamada de Soymás cuando su hija tenía apenas tres meses. Le ofrecieron estudiar un oficio profesional de manera gratuita. Aunque no hablaba bien español, decidió intentarlo. Desde el primer día se sintió bienvenida. Nadie la discriminó, y todas la alentaron a avanzar.
Eligió Gastronomía pensando que no necesitaría hablar mucho, pero fue todo lo contrario: en Soymás aprendió a comunicarse, ganó confianza, y descubrió habilidades que no sabía que tenía. Sus manos cálidas eran perfectas para trabajar masas, y se convirtió en una gran panadera. Superó el miedo a equivocarse y aprendió que lo que parecía una debilidad podía ser su mayor fortaleza.
Tras su graduación, hizo su práctica en la panadería de la Fundación. Se sintió en su elemento. Poco después, recibió la oportunidad de trabajar allí. Renunció a otro empleo en un colegio y volvió a Soymás, donde lleva tres años trabajando feliz. La fundación le permitió compatibilizar el trabajo con la crianza de su hija, y por primera vez, sintió que podía tener una rutina estable.
Nissah, su hija, es su motor. Es una niña sana, dulce y alegre. Ser madre la transformó y le dio un propósito. Aunque muchas veces se siente sola y cansada, Benita se esfuerza por ser una mamá presente, con paciencia y amor. Su mayor deseo es que su hija tenga una infancia distinta a la suya, con estabilidad y cariño.
Una de las experiencias más significativas en Soymás fue el taller de Proyecto de Vida. Todo lo que escribió en ese papel —estudiar, trabajar, enviar dinero a Haití, construirle una casa a su madre— lo ha cumplido. También recuerda las terapias grupales, donde compartir su historia y escuchar las de otras mujeres la ayudó a sanar.
Hoy, sus sueños siguen creciendo: quiere obtener la residencia definitiva, tener su casa propia y abrir una panadería con mini market. Quiere que todo lo que venda esté hecho con sus manos, con amor y dedicación. No busca algo grande, sino algo suyo.
A la Benita de hace cuatro años le diría:
“No te rindas. Aunque trabajes en el campo o haciendo aseo, sigue. Lo vas a lograr. Vas a estudiar, crecer y cambiar tu vida.”
Pasar por Soymás le devolvió la esperanza, le dio fuerza, comunidad y el valor para soñar sin límites.