Centaura

Centaura
Como desde el fondo de un bosque aparece Claudia que parece traer en el pelo la sombra de los árboles en la noche, los ojos que bailan oscuros sosteniendo apenas la historia que quiere contar. Podría esperar alguien que de ese rostro anguloso y ese caminar firme de centaura surgiera una voz profunda y grave. Nada más lejos. Como en los personajes mitológicos que combinan persona y animal, ferocidad y gracia, de sus gestos brota un tono encantador y musical para contar una historia atroz de hombres salvajes que han insistido en castigar sus ansias de libertad, su fuerza de trabajo, su cuerpo exultante, sencillamente porque han podido. Claudia sabe ahora que no hay justificación, que el silencio no los ampara.
Era chiquitita cuando su papá abandonó la casa en que vivían en Santiago y su mamá decidió irse con ella al sur para poder trabajar. Allá echaba de menos a sus amigos, se aburría y se sentía sola. Tenía 11 años cuando decidieron regresar. Claudia estaba feliz porque vivirían con su hermana mayor, Valeria, 18 años mayor que ella y una figura maternal importante para su vida. Se acuerda de su olor, sus manos desenredándole el pelo, sus consejos, sus cuidados. “Cuando te enamores me tienes que contar”, le había dicho y le había explicado que veía cómo las muchachas daban sus primeros pasos en el amor sin que les explicaran ni aconsejaran y ellas, avergonzadas, no querían contar y terminaban embarazándose. La menor de las hermanas se comprometió a avisarle, pero llegado el momento, no lo haría.
Tenía 14 años y era de una madurez inusual. Valoraba la independencia económica, le gustaba aportar en su casa, hacerse cargo de algunos gastos. Trabajaba los fines de semana en un puesto del Persa Biobío y con eso podía pagar la micro y materiales para el colegio. La capacidad de trabajo y la conciencia de colaboración sería fundamental para su casa cuando, al llegar a IV Medio, a su mamá le diagnostican artrosis. La enfermedad avanzó rápido y muy pronto se vio obligada a dejar sus estudios en INACAP y buscar un trabajo que le permitiera mantener la casa y cuidar a su mamá.
En algún momento un amigo le propuso que trabajara con él, pagan bien y el horario era razonable. Claudia, que todavía esperaba convertirse en una mujer independiente y libre, aceptó. Los primeros días ordenó, organizó y trató de ignorar al jefe que no para de decir “qué guapa tu amiga”. Claudia sabe que llama la atención, su cuerpo curvilíneo y joven impacta a sus cercanos (y los que no lo son) y por algún motivo que todavía no se explica, muchos se sienten con derecho a opinar sobre su apariencia, decir algo, tocarlo incluso. Acostumbrada entonces a esas situaciones incómodas y, ahora ya sabe, inaceptables, logró manejar la situación con habilidad y paciencia, hasta que un día su amigo avisó que no iría a trabajar porque estaba enfermo. Claudia estaría el día entero sola con ese jefe de 74 años que había traspasado todos los límites.
«Poco a poco se empezó a sobrepasar, estaba siempre encima mío haciendo como que me enseñaba algo que yo ya sabía hacer. Ese día, apenas se dio cuenta de que estaríamos solos, intentó darme un beso. Lo rechacé y forcejeé varias veces. Él insistía. Yo no me atrevía ni a ir al baño por miedo a que me encerrara y me hiciera algo peor. Cuando terminó el día, agarré todas mis cosas, me fui sin decirle, consciente de que no volvería nunca más”, recuerda todavía Claudia con más detalle del que quisiera.
Se sentía frustrada. Todo su esfuerzo por no rendirse, financiar a su familia, postergar sus proyectos, era estéril por motivos que no lograba comprender. Le decían que sus caderas y su apariencia sorprendían a los hombres, que, en el fondo, era culpa suya la reacción depravada de jóvenes y adultos.
Se acuerda con mucho pesar de un día en pasó muy cerca de ella un auto mientras bajaba la velocidad. Como una jauría, un grupo de adolescentes vociferantes, le levantaron la falda para darle palmadas. Claudia se sintió una vez más violentada, aterrada y culpable.
A pesar de que su voz interior de centaura le decía que no estaba bien y que no era su culpa, sus cercanos normalizaban ese tipo de vulneraciones o le insistían en que tenía que ocultar su cuerpo si no quería pasar de nuevo por algo similar.
Como las demás jóvenes que llegan a la Fundación Soymás, Claudia recibió desde el comienzo apoyo en sus estudios, su independencia y su crianza, pero hubo un énfasis especial en hacerle ver que nada de lo que había vivido eran errores o descuidos de ella.
“Me demoré mucho tiempo en entender que este acoso constante que me ha tocado vivir no tiene que ver conmigo. Yo no puedo cambiar cómo me veo ni ser mujer. En Soymás las psicólogas me explicaron que esas actitudes de acoso no tienen justificación, pero me costó mucho entenderlo” declara y se le viene a la memoria una de las instancias que más daño le hizo.
Recuerda el día y la hora. Eran las 8:40 de la mañana del 21 de noviembre de 2022. Estaba a plena luz esperando en el paradero la micro para ir a Soymás. Tranquila. Iba con tiempo y estaba contenta. De pronto escuchó que un hombre le preguntabada a sus espaldas: “¿te puedo hacer una consulta?”, Claudia se dio vuelta confiada y vio algo que no quería. Se puso a llorar y se subió a la primera micro que pasó. Cuando logró llegar a la fundación estaba desmoralizada y preguntando por qué, por qué le seguía pasando, qué había hecho, qué estaba haciendo, cómo era posible que no hubiera nunca nadie a su alrededor, alguien que la cuidara.
“Cuando la gente me dice que quisieran un cuerpo como el mío, les sonrío como si estuviera dándoles las gracias por el piropo, pero en verdad estoy pensando: ¡No! Tener este cuerpo ha sido un problema, me encantaría ser transparente. Vivo asustada y la angustia se ha convertido en crisis de pánico recurrentes”, confiesa Claudia que explica también cómo en los meses que siguieron a esa escena, colapsó emocionalmente, evitaba pasar por ese paradero, sólo se atrevía a andar por la calle acompañada y cada vez que alguien se acercaba, la recorría un escalofrío aterrado. A veces rompía a llorar de miedo.
Es otra clase de violencia la que ha sufrido, pero, por otro lado, valora su vida familiar. Con su pareja actual tuvieron un hijo en 2019 y ella ha intentado desarrollar vínculos de respeto y cariño. Porque, y a diferencia de muchas amigas suyas que experimentan violencia en sus casas, Claudia sufría violencia al salir.
Cuando fue mamá siguió ocurriendo y llegó un momento en que todo el menoscabo sufrido en el espacio público, empezó a colarse dentro de su casa. De pronto se dio cuenta de que no quería estar a solas con su pareja, que la intimidad le generaba ansiedad y desasosiego, que cualquier comentario sobre su cuerpo, incluso con respeto o buen humor, la ponía nerviosa. Sólo con el tiempo y la contención den Soymás, ha aprendido que nadie tiene el poder de incomodarla, se lo repite como un mantra.
Soymás ha hecho junto a ella un trabajo integral para devolverle el derecho a caminar tranquila por la calle, para que pueda manejar factores de riesgo, cuidarse, defenderse y no entrar en la lógica macabra de un abusador. También la contactaron con el Centro de Salud Familiar (CESFAM) de su comuna, donde le entregaron algunas sesiones psicológicas que le permitieran internalizar lo que ha aprendido y así recuperar su autoestima y la confianza en sí misma.
Dice, Claudia, que ya no siente culpa, que sabe que no es ella quien ha fallado en cada ocasión en que se sintió perjudicada, sino que hay una falta de empatía y de respeto en los demás. Como mamá, una de las cosas más importantes que quiere enseñarle a su hijo es, justamente, la consideración por quienes lo rodean.
«Mi hijo sueña con ser futbolista, a mí me gustaría que también fuera a la universidad, porque yo no pude. Mientras llega ese momento, todos los días hago algo concreto por educarlo en la importancia de cuidar su cuerpo y el respeto de los demás. Le enseñó que nuestro cuerpo es una herramienta para alcanzar nuestras metas. Que sus brazos que le permiten atajar goles, sus piernas lo llevan corriendo a la plaza, su espalda fuerte, su cabeza sana, y por eso lo tiene que cuidar y las personas que lo rodean lo deben cuidar y respetar también. Esta es una promesa que me hice desde el primer minuto y que día a día hago algo nuevo para que se cumpla: mi hijo va a salir a la calle libremente y jamás va a traspasar los límites de los demás”, anuncia Claudia con tanta precisión que es como si lanzara una flecha iluminada que caen en el punto exacto donde está su futuro libre y seguro.
Claudia
28 años · La Pintana · Egresada 2022 – Programación
Hoy: operaria de Bodega con contrato indefinido. Mamá, trabajadora independiente y activista contra el acoso
“Me costó entender que no era mi culpa. Hoy sé que merezco respeto y libertad.”
Desde muy pequeña, Claudia supo lo que era vivir sin sus padres. Su padre la abandonó y su madre tuvo que migrar al sur buscando trabajo, pero la soledad llevó a Claudia de vuelta a Santiago, donde encontró en su hermana mayor, Valeria, un refugio de amor y seguridad. Valeria, 18 años mayor, fue para ella más una madre que una hermana, y hasta hoy sigue siendo su mayor apoyo.
Claudia comenzó a trabajar a los 14 años en el Persa Biobío vendiendo ropa interior. Aprendió desde temprano el valor del esfuerzo y la independencia. A los 17, tuvo que asumir la mantención de su hogar cuando su madre fue diagnosticada con artrosis, lo que la obligó a pausar sus estudios en INACAP.
A lo largo de su vida, Claudia ha enfrentado episodios de acoso sexual que marcaron su autoestima y seguridad. Desde comentarios invasivos en la calle hasta situaciones graves en el trabajo, su cuerpo fue usado como excusa para traspasar límites. En un empleo reciente, su jefe –cuarenta años mayor que ella– intentó besarla y la hizo sentir atrapada durante toda una jornada laboral. Claudia decidió renunciar y alzar la voz. Pero esa no fue la única vez. También sufrió acoso en espacios públicos, incluido un episodio traumático cuando un hombre se expuso frente a ella en plena calle mientras esperaba la micro camino a Soymás. Llegó llorando a clases, llena de preguntas, angustia y rabia.
Fue en Fundación Soymás donde encontró contención emocional y herramientas para sanar. Comprendió, gracias a las psicólogas, que el acoso no era su culpa ni tenía justificación. Aprendió a reconocer su valor, a quererse, y a reconstruir su autoestima con firmeza.
Claudia es madre de un niño que sueña con ser futbolista. Ella le enseña cada día sobre el respeto al cuerpo propio y ajeno. Ha hecho de la crianza una forma de activismo: quiere que su hijo sea un hombre distinto, consciente y empático. Aunque no ha podido retomar sus estudios aún, sigue trabajando, creciendo, y recuperando la seguridad que le arrebataron.
Claudia ha demostrado que es posible transformar el dolor en fuerza. Sueña con estudiar en la universidad y tener un futuro en donde su historia inspire a otras mujeres a no callar. Porque lo que vivió no la define: su voz, sí.