Mariposa Monarca

Mariposa monarca
Cada año, durante los últimos días de agosto, una estampida de aleteos naranja atraviesa silenciosa los cielos de América del Norte. Son cientos de miles de mariposas monarca, la súper generación anual que viajarán hasta California, México o Canadá para hibernar. Le dedican un cuarto de su vida a este tránsito que va desde 1900 hasta 5.000 kilómetros.
Esa vida, que de manera extraordinaria puede durar hasta 9 meses y, como mucho, medir 10 centímetros de punta a punta de sus alas, recorre, en proporción a su tamaño, lo que para una mujer de estatura promedio, equivaldría a dar casi una vuelta y media al planeta.
Un esfuerzo que resulta sobrecogedor porque se ven tan frágiles e indefensas. Tan discretas. Como una canción que tarareamos muy despacio porque queremos compartirla sólo con quienes quieran escuchar. Así habla Clara, como si cantara. Es una canción que le duele y sin embargo prefiere compartir: “para que nadie piense que estas cosas sólo les pasan a otros, o es el destino de las chicas tontas”. Clara, de tonta, nada. Ve ahora que la violencia en medio de la que creció distorsionó su infancia, sus expectativas, su autoestima, su conducta, pero algo la empujaba a avanzar, a buscar un mejor lugar, aunque eso implicara un largo viaje durante mucho tiempo.
Nació en Lima y estuvo al cuidado de sus abuelos porque su mamá trabajaba jornadas extensas. Se sentía a salvo ahí. Desde sus ojos de niña, marrones y brillantes, no detectaba que tanto alcohol, tanta violencia, eran un riesgo y una amenaza.
Les faltaba todo, así es que la madre decidió viajar a Chile para buscar nuevas oportunidades. Desde ahí le enviaría lo suficiente a Clara para que completara sus estudios y viviera tranquila con sus abuelos. El problema era que la tranquilidad no aparecería en la vida de la joven, de 13 años ya, hasta mucho tiempo después. Antes tendría que aletear con la convicción de las monarca para llegar al lugar, a la vida, que quería tener.
“Esto, para quien lo lea, suena horroroso. Lo sé. Pero la vida en violencia es así. Mi abuelo le pegaba a mi abuela cuando estaba borracho. A mí nunca. Vi a mi mamá ser golpeada una y otra vez también. ¿Cómo iba a cuestionarme que las cosas podían ser diferentes? No conocía otras familias sin agresiones, los vecinos ni se inmutaban. ¿Cómo iba yo a saber que el amor era posible sin la parte violenta?”, intenta explicarse Clara y por supuesto que no lo sabía, aunque quizá sospechaba, porque parecía estar buscando algo en ese no rendirse, en ese vuelo sin descanso que había sido su vida.
Luego de 3 fallidos intentos de estudiar alguna profesión, pues desertó en todas ellas, comenzó una relación con Kike, quien la trataba bien en un principio y se reían un montón juntos. Pero el consumo de drogas hizo escalar hacia el maltrato.
“A mi abuela Kike nunca le gustó. Sabía que se drogaba, que robaba, pero para mí era un príncipe azul. Creía que estaríamos juntos para siempre, que tendríamos una familia preciosa. No sabía que esa desesperación que pensaba que era felicidad, era angustia. Me obligaba a drogarme. Yo vivía en la luna”, reflexiona ahora Clara apuntando al cielo con sus manos cuidadas y ligeras.
Tenía 15 años entonces. Veía a su mamá cuando viajaba a Perú por las fiestas.
Clara aleteando, intentado elevarse para no sucumbir. Y en medio de ese esfuerzo instintivo, a sus 15 años, quedó embarazada.
La noticia la hizo feliz. Ser mamá, tener un hijo que cuidar fue como que a sus alas incansables le pusieran un motor, decretó que llegaría lejos con, por, ese hijo y que sería la mejor mamá. Sus abuelos no lo dudaron.
Producto de una golpiza de Kike, Clara perdió a esa guagüita.
Su abuelo costruyó una cajita de madera, envolvieron ese cuerpo diminuto en una mantita, Clara le escribió una carta y se fueron a la playa. “Mi hijo amado. Lo enterramos ahí, ahora cada vez que veo el mar sé que está meciéndose entre las olas”.
Monarca de nuevo, mariposa infatigable, atraviesa el desierto para empezar en Chile otra vida. Algunos meses después Clara decidió viajar a Chile para estar con su mama. La travesía la sanó en parte, y desde ese nuevo lugar, pudo también empezar a disipar la niebla limeña que parecía haber empañado el sentido de las cosas. Se demoraría, pero ya avanzaba hacia el rechazo total de la violencia.
Como nada podía ser fácil, reapareció Kike, pero luego de un par de encuentros pudo confirmar que nada había cambiado y que eso no era amor. Voluntariosa y determinada, decidió no verlo nunca más. Y así sería esta vez. La ayudó concentrarse en el trabajo que había conseguido en un almacén, asta que conoció a Andrés, apuesto, simpático. Empezaron a salir y, segura de que estaban enamorados, se fue a vivir a la casa de su familia. El nuevo amor de su vida era demandante, quería todo impecable y a ella disponible, a la vez que salía con otras mujeres a vista y paciencia de todos. Era otra manera de violencia, entendería más adelante Clara.
La migración es muchas veces un viaje con más ilusiones que equipaje, una puerta abierta hacia la independencia que implica la inestabilidad por la soledad y vulnerabilidad intrínsecas del desarraigo. Hay más coraje, pero hay menos protección, menos familia, menos instituciones al resguardo. En medio de esa precariedad, Clara quedó embarazada. La noticia cayó sobre ella de nuevo como un rayo que la encendió de alegría y la puso en alerta.
Inmediatamente se fue de la casa de Andrés y viajó de vuelta a Perú para esperar y criar junto a sus abuelos a quien, supo apenas llegó a Lima, sería una niña. La certeza fue como si a Clara le instalaran un filtro rosado en su corazón. Todo lo que soñaba era en los tonos más rosa imaginables, quería un nido muy peludo y muy rosado para recibir a su hija, para hacerla dormir, para que nada le hiciera daño. El romanticismo de Clara dejaba espacio, en todo caso, para la agudeza que le había heredado esa vida corta todavía e involuntariamente intensa. Se hacía notas mentales: qué era lo que su hija nunca vería, qué le quería mostrar, qué no podría faltar, qué rechazarían, qué cosas nunca sucederían y que pasaría sin parar. Definía la vida que tendrían las dos con listas eternas.
Nueve meses de listas después, nació Carmen y Clara marcó ese día como el más feliz de su vida.
Una vez que llegan donde estarán a salvo, las monarca lo saben. Una vez que alguien conoce la felicidad, la entiende. Una y otra deciden quedarse. Y quedarse es defender.
La mama de Carmen defendería la vida soñada para ella. Eso implicó emprender de nuevo el vuelo. Regresó a Chile y casi al mismo tiempo, conoció la Fundación Soymás. Le explicaron su propósito, que le ofrecían un lugar seguro para que su hija y ella crecieran, que Clara pudiera desarrollarse para garantizar esas listas de sí y no.
Aceptó de inmediato un curso de peluquería y al hacerlo, entró también a una nueva dimension donde el respeto es fundamental, donde están las redes que necesita en un país que no es el suyo, donde llaman las cosas por su nombre. No hay ahí espacio para la violencia y, entienden las jóvenes que llegan a Soymás, que no debe haberlo nunca más en ningún rincón de sus vidas. Conocen la importancia de la amistad verdadera, de la colaboración, de la mente sana en un cuerpo sano. Y reconocen, recién, su valentía y fortaleza por haber llegado hasta ahí.
Clara no para. Trabaja en una peluquería como manicurista en la semana, los fines de semana vende ropa en la feria, busca por todos lados qué hacer para que a Carmen no le falte nada y ahorra peso a peso para poder cambiarse a un barrio más seguro. “Cuando salgo con mi hija le explico todo. Eso me faltó a mí. Me decían qué hacer y qué no, pero nadie me explicó nunca el peligro de las drogas, las consecuencias de los golpes. Yo le explico a ella, es la única manera de que las cosas no se repitan”, revela categórica ahora.
Y así, aleteo tras aleteo, check tras check en las listas, han avanzado en esos objetivos que años atrás, parecían imposibles: “«Hoy tengo una pareja que nos ama a mí y a mi hija como si no hubiera nadie más en el mundo. Es responsable y trabaja sin parar para que tengamos comida y estemos bien. Jamás me ha levantado la mano, ni me ha insultado, me ha ido enseñando cómo conversar y yo también he aprendido que hay líneas que no se deben cruzar”, resume.
Clara trabaja mientras su hija está en el jardín, pero cuando llega en las tardes ya no se separan, los vecinos las ven pasar siempre juntas como un binomio, que va de aquí para allá, de allá para acá, en un viaje permanente, rosado, luminoso.
Clara
23 años · Puente Alto · Egresada 2022 – Peluquería
Hoy: Trabaja en carozzi sus días libres como es Manicurista y coloca pestañas.
“Pasar por Soymás significó para mí encontrar un espacio donde aprendí a decir que no, a nombrar la violencia y a enseñarle a mi hija que otra vida es posible.”
Clara nació en Lima, en una familia marcada por la violencia y el alcohol. Durante sus primeros años vivió con sus abuelos, quienes la protegían dentro de lo posible. Su abuela Celia fue quien intentó alertar a la familia sobre un posible abuso por parte de la pareja de su madre cuando Clara tenía ocho años. Clara no recuerda con claridad qué ocurrió, pero confía plenamente en la palabra de su abuela. La denuncia no prosperó y, como consecuencia, su madre se fue con Clara y su pareja a vivir a una zona muy vulnerable de Lima. Desde ahí, la violencia se volvió paisaje cotidiano.
Presenciar golpes en casa, tanto de su abuelo hacia su abuela como entre su madre y su pareja, fue algo habitual. Creció creyendo que el amor y la agresión estaban unidos, que así funcionaban las relaciones. “¿Cómo iba a saber que el amor era posible sin la parte violenta?”, se pregunta hoy.
A los 13 años, su madre migró a Chile, dejándola con sus abuelos en Lima y con la esperanza de enviar dinero para su educación. Clara fue inscrita en una escuela pre-militar, donde duró poco: un tatuaje fue motivo suficiente para su expulsión. Intentó estudiar informática, luego gastronomía, pero abandonó ambas carreras. El vacío emocional la empujaba a la calle, donde comenzó una relación con Kike, un joven mayor, que al principio fue atento, pero luego, envuelto en drogas, se volvió violento y controlador.
A los 15 años, Clara quedó embarazada. La noticia le trajo una esperanza que nunca había sentido: cuidar una vida era el motor que necesitaba. Soñaba con ser la mejor madre, con empezar de nuevo. Pero una noche, tras una discusión, Kike la pateó desde una moto. Al día siguiente, durante una ecografía, supo que su bebé ya no tenía latidos. La pérdida fue desgarradora. Su abuela la ayudó a despedirse: prepararon una pequeña caja de madera, envolvieron al bebé en una mantita y lo enterraron junto al mar. “Cada vez que veo el mar, sé que está ahí, meciéndose entre las olas”, dice Clara.
Migró a Chile junto a su madre, intentando reconstruirse. Encontró trabajo en un almacén, nuevas amistades y, por un momento, estabilidad. Pero como suele ocurrir en caminos marcados por el trauma, Kike reapareció. Le dijo que había cambiado, que se había rehabilitado. Viajó a Chile. Se vieron unas veces, pero Clara ya no era la misma. Supo identificar las señales, lo bloqueó y no volvió a verlo.
En esa etapa conoció a Andrés, un hombre simpático con quien se fue a vivir. Pronto, Clara se vio atrapada en una rutina de labores domésticas, cuidados ajenos y abandono afectivo. Cuando descubrió que estaba nuevamente embarazada, tomó la decisión de irse. Volvió a Lima con sus abuelos para recibir a su hija Carmen.
Durante los nueve meses de embarazo, Clara hizo listas mentales: todo lo que su hija nunca viviría, todo lo que le mostraría, lo que jamás permitiría, lo que sí celebraría. “Quería el nido más rosado y peludo del mundo para mi hija”, recuerda. Cuando Carmen nació, supo que había llegado el día más feliz de su vida.
Clara volvió a Chile con su hija en brazos, buscando un mejor futuro. Fue entonces cuando conoció Fundación Soymás. Le ofrecieron estudiar peluquería en un entorno seguro, con una sala de apego para su hija y una red de apoyo que no había tenido nunca antes. En la fundación aprendió a nombrar la violencia, a reconocer sus heridas, a reconstruirse.
Encontró amigas, contención, autonomía.
Hoy, trabaja como manicurista en una peluquería durante la semana, vende ropa los fines de semana en la feria, y busca todos los días cómo generar ingresos para ahorrar y mudarse a un barrio más seguro. Vive con Carmen y su pareja, Agustín, un hombre trabajador, presente y amoroso. “Jamás me ha gritado ni levantado la mano. Me ha enseñado a conversar, algo que no sabía hacer. Hoy sé que, si algo no está bien, puedo decir basta.”
A Clara le importa que su hija crezca con herramientas que ella no tuvo. Le explica todo desde pequeña: las drogas, el respeto, los límites. No quiere que Carmen normalice el miedo. No quiere que aprenda a sobrevivir, sino a vivir.
Hoy, Clara no solo ha aprendido a volar lejos. Ha aprendido a quedarse donde hay cariño. Y a enseñar a su hija a hacer lo mismo.