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Crisálidas

Mariposa Monarca

Clara

23 años · Puente Alto · Egresada 2022 – Peluquería
Hoy: Trabaja en carozzi sus días libres como es Manicurista y coloca pestañas.

“Pasar por Soymás significó para mí encontrar un espacio donde aprendí a decir que no, a nombrar la violencia y a enseñarle a mi hija que otra vida es posible.”

Clara nació en Lima, en una familia marcada por la violencia y el alcohol. Durante sus primeros años vivió con sus abuelos, quienes la protegían dentro de lo posible. Su abuela Celia fue quien intentó alertar a la familia sobre un posible abuso por parte de la pareja de su madre cuando Clara tenía ocho años. Clara no recuerda con claridad qué ocurrió, pero confía plenamente en la palabra de su abuela. La denuncia no prosperó y, como consecuencia, su madre se fue con Clara y su pareja a vivir a una zona muy vulnerable de Lima. Desde ahí, la violencia se volvió paisaje cotidiano.

Presenciar golpes en casa, tanto de su abuelo hacia su abuela como entre su madre y su pareja, fue algo habitual. Creció creyendo que el amor y la agresión estaban unidos, que así funcionaban las relaciones. “¿Cómo iba a saber que el amor era posible sin la parte violenta?”, se pregunta hoy.

A los 13 años, su madre migró a Chile, dejándola con sus abuelos en Lima y con la esperanza de enviar dinero para su educación. Clara fue inscrita en una escuela pre-militar, donde duró poco: un tatuaje fue motivo suficiente para su expulsión. Intentó estudiar informática, luego gastronomía, pero abandonó ambas carreras. El vacío emocional la empujaba a la calle, donde comenzó una relación con Kike, un joven mayor, que al principio fue atento, pero luego, envuelto en drogas, se volvió violento y controlador.

A los 15 años, Clara quedó embarazada. La noticia le trajo una esperanza que nunca había sentido: cuidar una vida era el motor que necesitaba. Soñaba con ser la mejor madre, con empezar de nuevo. Pero una noche, tras una discusión, Kike la pateó desde una moto. Al día siguiente, durante una ecografía, supo que su bebé ya no tenía latidos. La pérdida fue desgarradora. Su abuela la ayudó a despedirse: prepararon una pequeña caja de madera, envolvieron al bebé en una mantita y lo enterraron junto al mar. “Cada vez que veo el mar, sé que está ahí, meciéndose entre las olas”, dice Clara.

Migró a Chile junto a su madre, intentando reconstruirse. Encontró trabajo en un almacén, nuevas amistades y, por un momento, estabilidad. Pero como suele ocurrir en caminos marcados por el trauma, Kike reapareció. Le dijo que había cambiado, que se había rehabilitado. Viajó a Chile. Se vieron unas veces, pero Clara ya no era la misma. Supo identificar las señales, lo bloqueó y no volvió a verlo.

En esa etapa conoció a Andrés, un hombre simpático con quien se fue a vivir. Pronto, Clara se vio atrapada en una rutina de labores domésticas, cuidados ajenos y abandono afectivo. Cuando descubrió que estaba nuevamente embarazada, tomó la decisión de irse. Volvió a Lima con sus abuelos para recibir a su hija Carmen.

Durante los nueve meses de embarazo, Clara hizo listas mentales: todo lo que su hija nunca viviría, todo lo que le mostraría, lo que jamás permitiría, lo que sí celebraría. “Quería el nido más rosado y peludo del mundo para mi hija”, recuerda. Cuando Carmen nació, supo que había llegado el día más feliz de su vida.

Clara volvió a Chile con su hija en brazos, buscando un mejor futuro. Fue entonces cuando conoció Fundación Soymás. Le ofrecieron estudiar peluquería en un entorno seguro, con una sala de apego para su hija y una red de apoyo que no había tenido nunca antes. En la fundación aprendió a nombrar la violencia, a reconocer sus heridas, a reconstruirse.

Encontró amigas, contención, autonomía.

Hoy, trabaja como manicurista en una peluquería durante la semana, vende ropa los fines de semana en la feria, y busca todos los días cómo generar ingresos para ahorrar y mudarse a un barrio más seguro. Vive con Carmen y su pareja, Agustín, un hombre trabajador, presente y amoroso. “Jamás me ha gritado ni levantado la mano. Me ha enseñado a conversar, algo que no sabía hacer. Hoy sé que, si algo no está bien, puedo decir basta.”

A Clara le importa que su hija crezca con herramientas que ella no tuvo. Le explica todo desde pequeña: las drogas, el respeto, los límites. No quiere que Carmen normalice el miedo. No quiere que aprenda a sobrevivir, sino a vivir.
Hoy, Clara no solo ha aprendido a volar lejos. Ha aprendido a quedarse donde hay cariño. Y a enseñar a su hija a hacer lo mismo.

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