Mariposa Nocturna

Mariposa Nocturna
Lejos de lo que alguien pudiera pensar, que se aparezca una mariposa nocturna es símbolo de que una batalla termina, que se disipará el rencor, que incluso si la oscuridad es total, el día se asomará tarde o temprano. Es un mensaje secreto que sólo entenderán quienes son capaces de atravesar la noche. Javiera la atravesó muchas veces. Lo cuenta rápido como para que se acabe pronto, pero con una pena que la hace llorar todavía, le abre la herida que insiste valiente en mostrar para que ayude a otras. Un anuncio de tiempos mejores, como cuando aparece una mariposa nocturna.
Se acuerda ahora, cuando ha cumplido recién 21, de que cuando chica se pasaba la noche despierta porque le gustaba el silencio que había cuando los demás dormían, porque se sentía a salvo y en paz.
“Mi infancia fue dolorosa. Mi papá murió, mi mamá se fue y yo quedé al cuidado de mi abuela. Sufría porque mi abuela era muy dura. Me sentía sola y no sabía cómo podía aliviar esa soledad”, explica, aunque no haga falta.
Creció buscando el cariño que no recibía y las redes sociales le ofrecían poder ser quien quisiera sin exponerse. Encontró amigos en Facebook y uno de ellos la hacía sentir especial, importante. Felipe la hacía reír y le decía que era linda. Acordaron una cita y empezaron a pololear. Cuando la abuela supo, le dijo que la diferencia de edad no le gustaba nada. Su nieta tenía 13 años. Su primer pololo 22. Intentó restringir las visitas, pero no le resultó. Felipe esperaba a Javiera a la salida del colegio y se pasaban la tarde juntos en el cine o paseando por el barrio.
La abuela, distante y fría sentía una especie de advertencia de su sexto sentido, pero como no sabía qué quería decir ni de qué manera, lo dejó pasar. Se quedaba además sin argumentos porque veía a Javiera contenta y, hasta entonces, cuidada y acompañada. Javiera describía su relación como lo más lindo que le había pasado, una experiencia de amor y tranquilidad que le enseñó a recibir y entregar cariño.
Como se sentía segura y querida, iniciar su vida sexual le pareció natural. Ella sentía que a sus 13 años estaba preparada. Hoy se da cuenta de que en realidad era una niña con una enorme ilusión y no distinguió las advertencias de la violencia asomándose.
Menos de dos años después, cuando Javiera recién había cumplido 15, ya estaban viviendo juntos. Después de una pelea que tuvo Felipe con todo el pasaje de Javiera, le dijo que se fueran a Coquimbo, ella pensó que la estaba protegiendo y aceptó, pero las peleas empezaron puertas adentro.
“La primera vez que me golpeó, no lo vi venir. Yo estaba hablando con su primo y se puso celoso. Me acuerdo que ni siquiera sabía bien qué había pasado. Me tocaba la cara como confirmando que ese golpe había sido aquí, contra mí. Me asusté, llamé a mi abuela y le pedí que me mandara un pasaje para volver a Santiago. No le quise contar el verdadero motivo. Le dije que la echaba de menos. Después él me pidió perdón. Me juró que nunca iba a volver a pasar Que me quería. Que me quedara. Y me quedé. Ese fue el principio de una especie de paralización que me atrapó durante los siguientes años”, concluye Javiera refiriéndose a una sensación de extrañeza, de confusión y de miedo que le impediría darse cuenta de lo que pasaba realmente.
Fuera de Santiago no les fue bien, no encontraban trabajo, no tenían redes. Decidieron regresar y antes de volver Javiera confirmó que estaba embarazada. Había sido una decisión de los dos. Ella soñaba con ser mamá y poder cuidar a su hija de una manera tan distinta a lo que le había tocado. La entusiasmaba ser mamá joven y quebrarle la mano al destino.
Cuando Mara nació, Javiera vio en ella su ilusión personificada, su compromiso sellado. Le daría límites con dulzura, nunca le pegaría, la haría sentir amada y contenida, que nunca le faltara cariño, “porque cuando te falta cariño, lo buscas en los lugares equivocados. Honestamente creo que mi hija es feliz y, lo más importante, creo que se siente amada por mí”.
Ese amor nuevo y diáfano se presentó como una amenaza para Felipe, se puso celoso y empezó a maltratar a la mamá de su hija cada vez más. No la dejaba salir, ver a sus amigas, menos a sus amigos y le cerró sus cuentas en redes sociales. La aisló y fue construyendo alrededor un muro infranqueable que la invisibilizaba y le ocultaba cualquier posibilidad de ayuda, contención o escape. Javiera dependía de él, sobre todo ahora que no podía quedarse en la calle con Mara.
No se acuerda cómo, pero en medio de ese contexto aplastante, como cuando una mariposa nocturna aparece para anunciar que ya viene el día, se enteró de la Fundación Soymás. Felipe, posesivo, le dijo que iría con ella a averiguar. Javiera volvió a pensar que era preocupación. Una vez que él confirmó que era un lugar seguro, básicamente porque sólo había mujeres, aceptó que su pareja empezara a asistir.
Soymás devela su secreto ante quienes pueden verlo, ante quienes ven la luz que anuncia una mariposa en la noche, y ayudarían a Javiera a hacerlo. Además de la posibilidad de terminar el colegio como quería, había ahí cariño genuino, amistad, lealtad, apoyo para criar a su hija mientras aprendía sobre apego, nutrición, cuidados de todo tipo para Mara y para ella. Empezó a ver en medio de la oscuridad, a detectar los obstáculos que la separaban de la puerta de salida, hacia la libertad real.
Fue en medio de su esfuerzo por terminar Cuarto Medio que una de las sicólogas de Soymás identificó sus crisis de pánico. Javiera le explicó que desde niña tenía esos quiebres anímicos en que lloraba sin parar. Con cariño y ayuda profesional, logró estabilizarse para poder descubrir de dónde venía toda esa sombra.
“Siempre tuve miedo de que Felipe le hiciera algo a mi abuela, a mis amigos o incluso a la Mara. En Soymás las cosas cambiaron. Algo pasó en la terapia. Por primera vez me atreví a contarle a alguien la violencia que estaba viviendo. La psicóloga nunca me obligó a nada, nunca me dijo qué era lo que tenía que hacer, ni tampoco que tenía que dejarlo. Ella me escuchaba. Y a mí nunca me habían escuchado realmente”, explica.
Poco antes de que su hija cumpliera un año, la cara de Javiera registró las marcas de una pelea con Felipe. Eran marcas que en su círculo más cercano fingían no ver, pero otra cosa era en Soymás donde las mujeres miran de frente y cuidan a las demás sin engaños ni eufemismos. Cuando vieron llegar a Javiera herida, la abrazaron y nunca más la soltaron. Esa preocupación inquebrantable que sentía por primera vez, le dio la voluntad para denunciar.
Verbalizar sus miedos, el riesgo en el que vivían con Mara, fortalecer su autoestima mediante el conocimiento y la independencia le dieron la convicción necesaria. Soymás la acompaño a hacer la denuncia y el Servicio Nacional de la Mujer y la Equidad de Género (SernamEG) recomendó que fuera al Centro de la Mujer de La Pintana porque si volvía donde Felipe sus vidas corrían peligro.
Javiera recuerda con nitidez: “Nadie me obligó. Las personas de Soymás y los carabineros no paraban de repetir que era mi decisión. Así que decidí. Me atreví a salir de mi parálisis, y dije “listo, fin, se acabó””.
Javiera y Mara recibieron alojamiento y protección en un centro de acogida para víctimas violencia intrafamiliar. Recuerda que sintió como si entrara por primera vez a un hogar de verdad, sin hambre, sin frío, sin miedo.
Han pasado dos años desde que Javiera y Felipe están separados. A veces Mara pregunta por qué no están juntos y su mamá le dice que cuando sea más grande va a poder entender. Le quiere contar la verdad algún día. Pero hasta ahora ha logrado que la niña tenga un vínculo sano con su papá, ella lo ha promovido y vigilado porque no quiere sesgarla ni abrir la sospecha de que el amor es necesitar a otros.
“Quiero que la Mara sienta tanto amor por ella misma, que no necesite el amor de alguien más para ser feliz. No quiero que dependa de nadie, ni siquiera de mí. Deseo que se sienta bien con su cuerpo y que sepa que su inteligencia es lo único que necesita para estar bien. Intento enseñarle que nadie puede agredirla, sobre todo las personas que ella ama. Y creo que me ha dado resultados, porque ella tiene toda la personalidad que a mí me faltó. Es contestadora e indomable. Yo la dejo tener su personalidad fuerte y que ponga límites, porque estoy convencida de que ese es el mejor regalo que le puedo entregar”, resume Javiera y deja su secreto resplandeciendo en medio de la sala cuando ya se ha hecho de noche.
Javiera
25 años · La Granja · Egresada 2019 – Peluquería
Hoy: trabaja hace 6 años en Amano como manicurista
“Nunca más me voy a quedar paralizada. Me quiero demasiado para volver a eso.”
Javiera habla con rapidez, como si las palabras no quisieran quedarse atrapadas. A veces se le llenan los ojos de lágrimas, pero no se detiene. Se las seca con decisión y sigue. No esconde el dolor, simplemente ha aprendido a no dejar que la venza.
Su infancia estuvo marcada por la ausencia y el dolor. Su padre se quitó la vida cuando ella era pequeña, y su madre desapareció. Creció junto a sus hermanos gemelos bajo el cuidado de su abuela, quien durante años creyó que era su madre. En lo material no faltaba nada, pero el afecto escaseaba. Su abuela, endurecida por su propia historia de abandono y violencia, solo conocía los gritos y los golpes como forma de educar. “Mi infancia fue dolorosa”, dice Javiera, “me sentía sola y no sabía cómo aliviar esa soledad”.
A los trece años conoció a Felipe, un hombre de veintidós, por Facebook. Comenzaron a pololear y, con el tiempo, a convivir. Javiera buscaba cariño, ese que nunca había tenido. Con él creyó haberlo encontrado. Pero las señales de violencia estaban ahí desde el principio: los celos, las historias de golpes a su ex, la necesidad de control. “Tenía trece años. No las vi”, dice. “La violencia permea todo, incluso cuando no lo ves”.
La primera vez que la golpeó tenía quince. Estaban en Coquimbo, donde se habían ido a vivir tras amenazas en su barrio. El golpe la paralizó. “Tuve que tocarme la cara para comprobar si de verdad me había pegado”, recuerda. Quiso volver a Santiago, pero él le pidió perdón. Le prometió que no volvería a hacerlo. Y se quedó.
Poco después, quedó embarazada. Habían decidido dejar los anticonceptivos: Javiera soñaba con ser madre. Quería dar el amor que nunca recibió. Su hija, Maite, se convirtió en el centro de su mundo. “Intento que se sienta amada cada día. Le doy besos, abrazos, regaloneos… sin falta”.
Pero la llegada de Maite no trajo paz. Los celos y los golpes aumentaron. Felipe no respetaba sus tiempos ni su cuerpo tras el parto. La aisló de sus amigas, le cerró su cuenta de Facebook y la dejó completamente dependiente de él. El miedo se instaló, profundo y silencioso. Sentía que no podía escapar.
Fue entonces cuando llegó a Fundación Soymás. No recuerda cómo supo de ella, pero sí lo que encontró: un lugar seguro. Felipe no se opuso, porque era un espacio solo de mujeres. Lo que no sabía es que ese lugar sería el principio del fin del control que ejercía sobre ella.
En Soymás, Javiera volvió a reír, a tener amigas, a aprender sobre apego y maternidad. Mientras estudiaba para terminar el colegio, las psicólogas la acompañaban en sus crisis de pánico y la ayudaban a darle nombre al dolor que arrastraba desde niña. Comenzó a reconocerse. A quererse.
El día que llegó golpeada a la fundación, ya no hubo vuelta atrás. Fue recibida con abrazos. Con apoyo real. Con amor sin condiciones. Fue la primera vez que sintió que alguien la escuchaba de verdad. Decidió denunciar. No porque alguien se lo pidiera, sino porque ya no quería vivir con miedo.
La Fundación la acompañó al Centro de la Mujer y luego a una casa de acogida, donde encontró, por primera vez, un hogar. Compartió con otras mujeres que también vivían violencia. No estaba sola. El miedo no la paralizaba más. Estaba en movimiento.
Tras salir de la casa de acogida, intentó retomar la relación, aún confundida. Quería darle una familia a su hija. Pero algo había cambiado. Lentamente, fue fortaleciendo sus límites hasta lograr cortar el vínculo completamente.
Hoy, Javiera cría a Maite con amor y conciencia. Quiere que su hija se ame tanto a sí misma, que no dependa del amor de nadie más para ser feliz. Que nadie nunca la haga sentir menos. “Le permito tener una personalidad fuerte, poner límites. Ese es el mejor regalo que puedo darle”, afirma.
Javiera no sabe exactamente por qué soportó tanto. Quizás fue el miedo, quizás la falta de amor propio. Pero hoy lo tiene claro: su hija no pasará por lo mismo.
“Pasar por Soymás significó para mí salir de la parálisis. Volver a quererme. Volver a vivir.”