Ave Fénix

Ave Fénix
Tiene veinte años y la experiencia de una vida entera. De no conocerla podría pensarse que se ve cansada y sombría, pero Valeska es, en realidad, todo lo contrario: una mujer de presencia poderosa, que avanza decidida con sus zapatillas de vanguardia, su estilo urbano, atractivo. Provocador, acusarían los desvergonzados. Es que además de su look impecable, pelo y boca roja, tiene esa actitud determinada, una personalidad magnética.
“Soy un bicho raro” dice ella, pero en realidad, es una especie hermosa, como venida de una leyenda antigua dispuesto a volar siempre más alto, porque ni siquiera le teme al Sol
Era improbable que evolucionara así porque ¿qué futuro le depara a una niña si su mamá se va cuando tiene apenas dos años? ¿Quién le responde sus preguntas profundas a medida que va descubriendo la verdad? ¿Cómo se sana el abandono? Su papá, en este caso, fue fundamental. Se propuso criar a sus hijos de la mejor manera posible, trabajaba como mueblista en su casa, los iba a dejar y a buscar del colegio, los ayudaba a estudiar, les daba de comer, era atento y era también exigente.
Que vivieran sin su mamá, implicó también que Valeska y sus hermanos fueran más autónomos que sus pares. Esa actitud de niña grande estuvo acompañada muy pronto de cambios en su cuerpo. “Pareces de 18” le decían cuando tenía con mucha suerte la mitad. Ella no sabía si eso era malo o bueno. Dolorosamente empezó a suponer, que ser tan bonita, tan sexi, como le decían, no era ninguna gracia.
Tenía 10 años cuando un hombre de 30 que trabajaba con su papá empezó a acosarla. Durante mucho tiempo, Valeska resistió porque pensaba que no tenía opción si quería proteger el negocio de su papá.
Un día, volvía del colegio con Iván, ese amigo especial que tienen las niñas chicas y dicen que es un pololo, cuando su abusador montó una escena de celos y amenazó con matarlo. Iván, niño también, no se dejó amedrentar, incluso impulsó a Valeska a que le contara todo a su papá. Ella no se atrevía porque tenía miedo de que la juzgaran, de que la culparan, de que creyeran todos que lo había provocado, como le dirían muchas veces.
Finalmente lo hizo y recuerda hasta hoy ese segundo de duda, un casi imperceptible titubeo de su papá a punto de justificar lo que le habían hecho a su hija, pero inmediatamente retrocedió y le ofreció cuidado y protección. Valeska le pidió que no hicieran la denuncia que correspondía, que no quería revivir todo lo que había pasado para declarar, la revictimización como un fantasma. Su papá estuvo de acuerdo. Despidió al hombre que había abusado de su hija, le dijo que no volviera nunca y nunca más lo vieron.
La niña se sentía a salvo, sin embargo, el daño había avanzado silencioso dentro de ella. El abandono de su mamá y el abuso habían minado su autoestima. Por otro lado, la hidalguía de su novio de infancia, le crearía indirectamente la necesidad de una pareja para sentirse segura.
Valeska sabía que la vida tenía que seguir. Buscó un trabajo y la recibieron en la misma peluquería que su mamá. Barría, ordenaba y teñía. Le daba satisfacción ganar lo suficiente para financiar algunos de sus gastos: un helado con las amigas, una polera nueva, ir al cine de vez en cuando. A su papá no le gustaba que trabajara, pero ella defendía su decisión porque esa pequeña independencia era también una conquista.
Su carisma crecía con ella y ya a los 17 parecía una mujer. Entonces conoció a Nicolás, el tío de una amiga del que había escuchado que había sacado a su familia adelante con un buen trabajo tenía 33 años y todo eso deslumbró a Valeska quien prefirió ignorar las advertencias de su mala fama, de que la haría sufrir. “Yo era chica, pero creía que me las sabía todas”, dice cuando se acuerda de esa época.
El cambio fue abrupto. De pronto las atenciones, los regalos, las promesas, se transformaron en celos insoportables. Nicolás le revisaba el celular, no la dejaba salir con sus amigos, le prohibía ocupar poleras escotadas o vestidos cortos, le decía gorda, le decía fea. La autoestima que le quedaba se extinguió y de esa actitud magnética, apenas quedó rastro. La fue aislando, debilitando, preparando el escenario ideal de un maltratador.
Entonces llegó la pandemia.
Valeska trabajaba como costurera en un hospital y para evitar contagiar a su papá, se fue a vivir con Nicolás. Pensó que quizá algunas de esas actitudes violentas disminuirían bajo el mismo techo, pero sería al revésEmpezó a sufrir crisis de pánico. Valeska no conocía la frase de la escritora española Andrea Adrich: “Hazlo. Y si te da miedo, hazlo con miedo”, pero fue exactamente lo que hizo. Un día juntó sus cosas, cambió su teléfono, se fue a su trabajo y desde ahí, donde su papá.
“A la semana de haberme librado de Nicolás, me enteré de que estaba embarazada. Mi papá me preguntó si quería tenerlo y le contesté inmediatamente que sí. Si hubiera abortado, me habría arrepentido segundos después”, asegura.
Después de meditarlo varios días, le contó a Nicolás. Él aprovecho la llamada para deshacerse en disculpas, prometió cambiar, cuidar, proveer, nunca volver a golpear. Ilusionada, Valeska regresó. La maternidad le había devuelto el orgullo y la fortaleza para resurgir desde las dificultades, así es fue categórica: no aceptaría agresiones.
A las tres semanas se tuvo que ir y demandó al padre de su hijo por violencia intrafamiliar.
En el Centro de la Mujer de su comuna, del Servicio Nacional de la Mujer y Equidad de Género (SernamEG), le dieron información, apoyo sicológico y legal para asistir al tribunal.
A la primera audiencia llegó Nicolás sin abogado y se defendió diciendo que Valeska lo había provocado. El juez le contestó lo que la futura madre había aprendido con la orientación del Centro de la Mujer: no existe provocación alguna que justifique golpear a una mujer, menos si está embarazada. La ley chilena no ampara ningún tipo de violencia.
Una nueva sensación recorrió y envolvió a Valeska. Había sido escuchada, vista, considerada y había descubierto la justicia. Como un espectáculo mitológico que necesita que algo caiga, desaparezca, se haga cenizas, para casi de inmediato ofrecer el siguiente acto, aún más fascinante: permitirse renacer.
A los pocos meses nació Agustín. Descubrieron que tenía una enfermedad en el hígado y hubo que operarlo dos meses después. Estuvo un mes hospitalizado y durante esos días difíciles e inciertos, su mamá decidió que haría todo lo que estuviera en sus manos por lograr una relación pacífica con su papá para ofrecerle un ambiente familiar total.
Invencible de nuevo, procuró que Agustín mejorara y empezara a ver a Nicolás. Valeska ha velado por el vínculo de ellos, por el bienestar de su hijo, ha tomado cada decisión respecto de su vida y asumió su cuidado. “Me preocupo de no depender de nadie. Agustín es totalmente maravilloso, me hace mi vida diez mil veces más linda. ¿Cómo le voy a dar una mala vida a un niño así? Me juré a mí misma que nunca iba a opacar su felicidad con agresiones”, repite sin vacilaciones, con la solemnidad de un juramento.
Cuando Agustín estuvo completamente recuperado decidió retomar el rumbo hacia su seguridad e independencia en un vuelo libre, aún rasante, pero irreductible. Escuchó hablar de una fundación que podría ayudarla a concretar sus planes y, con la decisión de quienes aprenden mirando hacia atrás pero viven mirando hacia adelante, tocó las puertas de Soymás.
Empezó por el curso de peluquería que le permite trabajar hasta hoy contenta en una barbería. Como de un volcán que parece dormido, empezaron a resurgir en Valeska sus cualidades asombrosas y la seguridad en sí misma que había sido su sello. En Soymás la ayudaron a recordar quién era y la invitaron a participar en la escuela de líderes de la fundación donde recibió herramientas para inspirar y guiar mamás adolescentes que habían pasado por situaciones similares a la suya.
Valeska ha recuperó su capacidad de conseguir lo que se propone, de cuidar lo que ama y sabe ahora que romper ese círculo incandescente que es la violencia es difícil, pero sabe también que es posible y se los transmite a las mujeres que la rodean.
“Lo que más le repito a las chicas es que no necesitan de otro para estar completas y que para que un agresor cambie necesita terapia y años de trabajo personal. No cambia de la noche a la mañana por una promesa que hizo arrepentido después de una pataleta. Lo más importante es que no es nuestra culpa, no somos centro de rehabilitación ni heroínas de comic. Déjense acompañar y asesorar. Existe una justicia donde la violencia no tiene cabida y es para todas”, declama Valeska como si estuviera dando un discurso mientras termina de trenzar su pelo anaranjado y se sacude la chaqueta antes de salir, como un ave fénix que se acuerda de las cenizas y abre las alas para que caigan los despojos antes de resurgir y pueda desplegarse en pleno vuelo.
Valeska
24 años · Santiago · Egresada 2022 – Peluquería y Barbería
Hoy: Peluquera y barbera profesional en Viggo_mhc
“Pasar por Soymás significó para mí cambios. Soy la barber aferrada.”
Antes de llegar a Soymás, la vida de Valeska era una mezcla de responsabilidades tempranas y sueños postergados. Aunque comenzó trabajando y estudiando, las exigencias económicas la obligaron a dejar sus estudios para dedicarse por completo al trabajo. Con el nacimiento de su hijo, la presión aumentó: la maternidad llegó de golpe, sin manual, sin red, y con una fuerte sensación de no estar preparada. Ella misma lo dice: “Cuando supe que iba a ser mamá, se me cayó el mundo. Mis sueños se derrumbaron, y sentí que comenzaba un camino solitario”.
Pero en medio de esa tormenta, apareció Soymás. Una oportunidad caída del cielo. Postuló con la esperanza de estudiar, pero encontró mucho más que eso: un espacio de contención, formación, y crecimiento personal. En la fundación, Valeska descubrió herramientas emocionales que no sabía que necesitaba. Aprendió sobre crianza respetuosa, conoció el poder de la autocrítica constructiva, y comenzó a cambiar su historia desde adentro.
Uno de los mayores desafíos fue enfrentarse a su propio reflejo. Reconocer que había patrones en su vida que debía romper. Los “climas” emocionales, como los llamaba, eran intensos, y el proceso de mirar hacia adentro no fue fácil. Pero lo enfrentó con valentía. Su primera práctica fue el punto de inflexión: allí sintió por primera vez que lo que estaba construyendo tenía sentido y futuro.
Gracias a Soymás, Valeska ingresó a trabajar en Glam&Co, y desde entonces no ha dejado de moverse. Ella misma ha salido a buscar nuevas oportunidades, aferrada a su oficio como una forma de libertad. Hoy es barbera profesional, y se siente orgullosa de haber encontrado un espacio laboral donde puede crecer, aprender y proyectarse.
Su hijo ha sido siempre su motor. Gracias a su estabilidad laboral, hoy puede ofrecerle lo que no tuvo: educación de calidad, seguridad y un hogar donde no falte nada. La independencia económica ha significado mucho más que tener un sueldo; ha sido sinónimo de dignidad, de metas, de poder elegir.
Valeska sueña en grande. Quiere tener su propio negocio o invertir en una propiedad. Sueña con vivir en un lugar más tranquilo, donde su hijo crezca con alegría. Sabe que todavía debe trabajar a diario su autoestima, pero también sabe que ha recorrido un camino que ya no tiene vuelta atrás.
Ella misma define su historia con humor y fuerza:
“Soy la barber aferrada. Y no me suelto más de mis sueños.”