Mujer Leona

Mujer Leona
Pasearse como leona enjaulada. De un lado a otro, sin poder salir, sin llegar a ninguna parte. Esa había sido la vida de Irene aunque ella no lo notara. Chocar permanentemente contra los mismos barrotes: el abandono de sus papás, el maltrato, la violencia, las adicciones de quienes la rodeaban, la oscuridad. Y ella atravesando el páramo niña, adolescente, sola. Después entendería que lo que perseguía era sentirse libre, acompañada, segura. Querida. Pero cuando nadie te ha mostrado el mapa, es difícil transitar por un territorio lleno de trampas que, como parecen parte del paisaje, ni siquiera las ves.
Irene fue, cayendo en una, luego en otra y en otra. Siempre estaba huyendo. No sabía de qué ni hacia dónde, pensaba que de ella misma por creía que tenía la culpa de que a los 11 años sus papás la echaran de la casa, la separaran de sus hermanos y empezara a peregrinarse de casa en casa, de comuna en comuna, de acá para allá, como una leona en su jaula.
Ella lo aprendería después de recorrer un camino peligroso. Su primer pololo era mayor de edad, ella tenía 14 años y se encandiló con su compañía a pesar del maltrato. No es que no le doliera, es, sencillamente, que no conocía otra manera. La violencia normalizada en una casa, sólo justifica la violencia que vendrá después. Creció viendo a su papá atormentar y golpear a su mamá y supuso que ese trato era aceptable.
“Cuánto quisiera que las chiquillas a mi alrededor supieran que nada, absolutamente nada, justifica la violencia hacia la mujer”, comenta a sus 23.
De todos modos, estaba convencida, por instinto de supervivencia casi, que su estabilidad la conseguiría con educación y que sólo un trabajo seguro rompería el espiral de precariedad. Quería dejar de pasar frío en la casa de pololos y amigos, quería poder pensar en un futuro mejor.
Con el anhelo de una niña, supuso que volver a la casa de sus papás le daría un mejor horizonte. Pero nada había cambiado ahí, excepto Irene que miraba a lo lejos esa jaula de la que nadie más parecía querer salir.
Contra todo pronóstico y las voces de quienes le dijeron que era ridículo que volviera a estudiar, Irene terminó el colegio, consiguió gratuidad estatal para ir a la universidad y se inscribió en Pedagogía en Historia. La beca no consideraba otros gastos e Irene se pasaba el día sin comer, atravesaba la ciudad sin presupuesto para pagar el metro y llegaba agotada a esa casa donde vivían hacinados. Su intención de conseguir un trabajo no prosperó, todo se fue complicando, la violencia en la casa escalaba, el sueño se tambalea, su mamá la vuelve a echar de la casa y casi al mismo tiempo, llega a Chile el Covid -19.
Con la pandemia, la vida de todos se acabó un poco entonces. La de Irene también.
Se vio obligada a dejar sus estudios y a instalarse en la casa okupa de su pololo para no dormir en la calle.
La irreverencia del ambiente punk le dio una ilusión de libertad. Irene caminaba con determinación, su pelo negro y corto, se movía distinto, la miraban al pasar, no tenía miedo, pero algo muy adentro suyo le decía que ser libre era otra cosa. Comenzó a escribir un diario para ordenar las Ideas, reflexiones y sentimientos profundos que tenía dentro. Adentro también crecía lo inesperado: Irene estaba embarazada.
Inmediatamente, instintivamente, como un rugido que venía de ese útero habitado, supo que en esa casa fría y sucia, no podía esperar a su hija. Protegerla y planear un futuro juntas se convirtió en el norte de un mapa sin trazar, de una ruta a tientas que, en vez de acobardarla, le daba más coraje.
Una vez más se ilusionó con volver a la casa paterna. ¿Dónde más puede ir alguien que se siente sola y tiene otra vida que cuidar? Pues en su caso, tampoco era ahí. Se sintió más sola aún. Peor incluso, sus papás le insistían en que abortara, pero ella no cedió.
Quería cambiar el curso de la historia dándole a su niña todo lo que ella no había tenido. Quiso incluso garantizar la relación con su papá, ayudarlo a que se rehabilitara, pero Adolfo no lograba superar las adicciones ni parecía interesado en la llegada de su hija. Irene, en cambio, soñaba para Amelia con una cama calentita, rosada, como un nido de plumas, como una esperanza.
Nadie puede negar que trató.
Estudió cosmética natural, vendía sus productos en la feria con su panza cada vez más grande, como recordándole qué era lo que perseguía.
“Recuerdo que durante mi embarazo construí en mi mente la idea de una familia. No quería que mi hija creciera en un hogar fracturado. Entendía el dolor de no tener un padre presente, de tenerlo lejos. Siempre me preguntaba qué había de malo en mí. ¿Por qué todo el mundo me abandonaba? Intenté que Adolfo, a diferencia de lo que mi padre hizo conmigo, estuviera presente en la vida de Amelia. Pero la realidad era muy distinta”, confesaría después.
Adolfo la ignoraba durante semanas y cuando aparecía sólo era para hacerle sentir su desprecio, su amenaza de cazador. Como las hembras salvajes de la sabana, la futura madre esquiva cada peligro, cada trampa para ver nacer a su cría que no llegaría como había imaginado.
Irene sufrió violencia obstétrica antes, durante y después del parto. Nadie le informaba, ni explicaba ni protegía. Nadie le dijo cómo se tenía que cuidar y cuando llegó a su casa con fiebre supo que su episiotomía se había infectado.
Estaba adolorida y debilitada. Se vio obligada a pedirle ayuda a Adolfo para cuidar a su hija recién nacida. Irene se movía despacio tratando de hacer las cosas de la casa, Adolfo se indignaba y le gritaba que era lenta, inútil. La joven madre resistió los insultos y los golpes porque sabía que eso iba a terminar, que encontraría una grieta por la que podrían huir las dos.
Es en ese círculo asfixiante que muchas dan por perdida la batalla. ¿Cómo salir adelante sin trabajo? ¿cómo trabajar sin estudios? ¿cómo estudiar con una hija que depende de ti y que nadie puede cuidar mientras intentas ganarte la vida?
Irene pensaba, escribía, cuidaba a su hija, planeaba la fuga. De pronto, como mostrándole la puerta de salida, alguien le habló de Soymás. No lo podía creer. La fundación le ofrecía la posibilidad de estudiar y darle a Amelia jornadas de cuidado cariñoso y seguro, lo que equivalía a un vuelo directo a la república independiente que soñaba.
Decidida postuló y consiguió una beca para programación.
“No solo adquirí conocimientos en programación, sino también experimenté la sensación de seguridad, contención y paz. Observaba a mi hija florecer en ese ambiente de cuidado y, a su vez, me sentía cada vez más segura de poder brindarle lo mismo en nuestro propio hogar”, describe Irene tan vívidamente que casi se puede tocar el alivio que se siente cuando finalmente llegas. Paras. Esa es la guarida.
Y en la guarida había más mujeres, más leonas, esperando formar una manada. Soymás no sólo les entrega herramientas para que se desarrollen individualmente, les da una red, una comunidad donde se sienten cómodas y bienvenidas porque todas son jóvenes, porque todas llegan apenas hasta ahí y más o menos por los mismos motivos.
Irene completó sus estudios, buscó trabajó y sacó a Adolfo de sus vidas para siempre.
«Tener a mi hija me ha enseñado a dar y recibir amor. Cuando era chiquitita lloraba mucho, como todos los recién nacidos. En esos momentos, recordaba cómo mi papá perdía la paciencia conmigo y mis hermanos. En lugar de seguir ese patrón, la abrazaba. La abrazaba fuerte y le daba muchos besos, para que supiera desde pequeña que no importaba cuánto llorara o cuánto me necesitara, siempre sería bienvenida. El cariño que le di entonces, hoy me lo devuelve con creces. Me abraza, me dice que me quiere y comparte su colación conmigo. Es realmente lo más hermoso en mi vida».
La contención emocional que recibió en Soymás le permitió convertirse en una mamá cariñosa, responsable y, algo de lo que se siente muy orgullosa, romper el estigma de que la maternidad adolescente puede arruinar el futuro de las mujeres.
Irene trabaja hoy desde su casa, va a dejar a su hija al jardín, la espera cuando llega, comen juntas pancito con queso, viven en un barrio tranquilo, duermen en paz en un hogar sin gritos ni golpes.
“He creído y creado un cambio y es maravilloso”.
Irene
25 años · La Granja · Egresada 2021 – Servicio Atención al Cliente
Hoy: Analista Preventa Salesforce en una empresa de tecnología
“Pasar por Soymás significó para mí un punto de inflexión, reconstrucción y proyección.”
Irene creció en un contexto de pobreza, abandono e inestabilidad. Su infancia estuvo marcada por el hacinamiento, la violencia, la ausencia paterna y la necesidad de vender ropa en la feria desde los 9 años para ayudar a su familia. En la adolescencia vivió sola, entre casas de familiares, pololos y okupas, arrastrando una profunda soledad emocional. Fue madre en plena pandemia, sin red de apoyo, viviendo como allegada y vendiendo en la feria para sobrevivir.
Cuando conoció Fundación Soymás, buscaba aprender un oficio para trabajar. Pero encontró mucho más que eso: contención, comunidad, nuevas herramientas, y lo más importante, una versión de sí misma que había estado dormida.
En Soymás se formó en atención al cliente y luego, gracias a una alianza con Boolean, aprendió programación y recibió su primer computador. Aprendió a valorarse, a regular sus emociones, y a construir un proyecto de vida con su hija Amelia como motor. Hoy, trabaja como Analista Preventa Salesforce, tiene dos certificaciones, maneja en inglés, ha sido reconocida por Genias, ganó el premio REM y se ha reunido con referentes globales en tecnología en MIT, Microsoft y Google.
Irene rompió el ciclo de violencia y pobreza, y hoy vive sola con su hija en un hogar propio. Sueña con vivir en el extranjero y ser un ejemplo de que la maternidad temprana no es el fin de un sueño, sino el inicio de una transformación.