Libélula

Libélula
Son sus alas transparentes las que hacen destellar a las libélulas mientras se suspende como un hada contra el sol, tan majestuosas y brillantes que es impensable el proceso kafkiano que han vivido. 3, 4, 5, 6 años pasan en el fondo de los charcos mientras atravesadas por el tiempo, la oscuridad, el secreto. Un día cualquiera despiertan, la ninfa queda atrás, y esa nueva presencia se despliega, vuela y maravilla. Hay vidas así, en medio de la dificultad y la sombra, van engendrando un acto de magia para reconstruirse.
En una breve descripción de sus primeros años, la infancia de Fernanda, más que al fondo de algún lago donde lentamente se fragua una sorpresa, suena a pantano. Un lodazal desprovisto de todo afecto en el que una niña intentó crecer.
Lo cuenta ella hoy con su pelo platinado impecable, su cuerpo tatuado con episodios de su vida como un libro abierto. Desplegada, como las alas de una libélula. Antes pasó también por esos 3, 4, 5, 6 años de penumbra.
Casi no recuerda su primera infancia y cree que es un mecanismo de defensa. Para qué acordarse, se pregunta. Todo era gritos, malos tratos, golpes.
Fernanda recuerda un solo día feliz: cuando nació su hermana Gabriela, vio su carita diminuta y estuvo segura de que sería su compañera de vida.
Duró poco la esperanza. Sus papás se separaron, su mamá no estaba en condiciones de cuidar a nadie, Fernanda se quedó con su papá y sus tíos pidieron la tuición de su hermanita.
Un tiempo después su mamá tiene nueva pareja, está embarazada otra vez y cree que ahora sí podrá cuidar a su familia. Las lleva a vivir con ella a la casa de sus nuevos suegros, pero ahí nadie las quería. Las ofendían, las apartaban, no las dejaban ocupar el baño. Su mamá trabajaba el día entero y no se enteraba de lo que sus niñas sufrían, día y noche, al fondo del charco. Las ninfas.
Cuando nació Josefa, los problemas de salud mental de su mamá persistían y ellas seguían abandonadas en un ambiente negligente y hostil. Fernanda cuidaba como podía a Gabriela y Josefa y, poco después, también a Vicente, el cuarto hermano que dependería tanto de ella, que le dice mamá. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Cuántas vidas había vivido? Fernanda tenía, a esas alturas, apenas 7 años.
Empezó a tener problemas en el colegio. Le hacían bullying, le iba mal. Pensando que más rigor ayudaría, su mamá la matriculó en un colegio de monjas sin saber del ambiente agresivo y tóxico que reinaba ahí, la ley de la selva: te sumas o te hundes. Fernanda se sumó. Se escapaba del colegio, se iba a tomar con sus compañeras a la plaza y cuando no estaba en la calle, se encerraba en su pieza, lloraba, tocaba el fondo oscuro del pozo que se sabía de memoria.
Su mamá creyó entonces que la solución era un romance, así es que se alegró el día que encontró cartas de amor en la pieza de su hija. Pero se le fue encima con una avalancha de golpes cuando descubrió que las cartas eran de una chica y que a Fernanda le gustaban las mujeres.
Su papá, en cambio, la recibió en su casa con respeto, le dijo que amor-es-amor. Fernanda sintió un breve alivio hasta que los problemas de su papá con el alcohol aparecieron como una sombra.
La maltrataba incluso cuando su polola estaba ahí. Al final decidieron irse aunque no tenían dónde. Pasaban las noches en fiestas. Tenían una vida marginal que les fue haciendo daño, también Elena la hería, la engañaba y Fernanda le rogaba que la quisiera.
Luego de un accidente de su polola y de cuidarla durante meses, Fernanda confirmó las relaciones paralelas de Elena y decidió terminar.
Volvió donde su papá, se metió a la cama y ahí se quedó. No comía, no hablaba. Cada cierto tiempo su papá le decía que se levantara y Fernanda no lo haría hasta un año después.
“En ese período, nadie me abrazó. Pensaba que me quería morir hasta que un día, me di cuenta de que a la única que le importaba si estaba viva o no, era a mí misma y eso era suficiente. Ese día me levanté”. Una voz nueva empezaba a resonar dentro suyo como un zumbido.
Era 2019. Fernanda se duchó, salió a buscar trabajo, empezó en una botillería y con ese sueldo terminó el colegio, postuló a INACAP y entró a Diseño como quería.
Las alas de las libélulas son transparentes y se ven muy delicadas, pero son extraordinariamente poderosas. Les permiten desplazarse a 50 kilómetros por hora, en reversa, en diagonal, en vuelo rasante y son por eso también, temibles cazadoras. La resistencia nace muchas veces de la fragilidad.
El primer año, pasó todos los ramos, trabajaba y sentía una corriente que la elevaba justo a tiempo. Se sentía capaz y libre. Así es que cuando la atrajo un hombre en una fiesta, le pareció raro y divertido a la vez experimentar. No alcanzó a pensar en qué se había metido cuando se empezó a sentir mal y se hizo un test que salió negativo. Esperó un poco más y describió su malestar y sus atrasos en el CESFAM, le diagnosticaron gastroenteritis.
Tres meses después le hicieron una ecografía y ahí estaban las manitos y los pies de su hijo y, latiendo fuerte, un corazón.
No lo podía creer. Por primera vez estaba haciendo las cosas bien, estaba estudiando y me gustaba. Pero tenía tantos traumas acumulados en mis veinte años, que no me sentí capaz de enfrentar un aborto, así que resolví tenerlo”, recuerda Fernanda que, a pesar de estar convencida, reconoce que fue difícil y se deprimió.
Era plena pandemia cuando llegó el momento del parto. Fernanda estaba desorientada, asustada y no sabía si lograría cuidar a Lucas. Se sentía sola aunque el papá de la guagua iba a verlos, pero no se involucraba en realidad.
«No podía depender de él, le gustaba el carrete y dormir. Yo ya había pasado por ahí. Sabía que era un pasaje muy oscuro y del cual era difícil salir. No podía exponer a mi hijo a las mismas cosas que sufrí yo”, declara a sus 23 años con la convicción de la libélula que se acerca a una poza y la roza para refrescarse sin miedo porque sabe que no volverá nunca a sus profundidades.
Pese a no haberse arrepentido nunca, tener a su hijo tuvo costos para ella. Uno de los más altos fue dejar sus estudios de Diseño. Se encontró en la encrucijada de querer recuperar su independencia económica y querer cuidar a su hijo. En esa búsqueda de equilibrio de su nueva vida, apareció la Fundación Soymás.
Apasionada por la estética, hábil en el diseño y altamente creativa, se inscribió en el curso de manicure y peluquería sin dudar. Aprendió rápido, demostró su talento y su sentido de la belleza, y actualmente trabaja contenta en este nuevo rubro que le permite pagar el jardín de Lucas , también llevarlo por las mañanas y volver a la casa juntos en la tarde.
«Estoy muy orgullosa, he aprendido mucho y también he empezado a confiar en mí. Ahora también trabajo en la Soymás y voy a empresas a hacer capacitaciones a sus equipos. Son cosas que nunca pensé que podría hacer. Soy parte de la fundación que me amparó, ayudo ahora a que otras chicas también salgan adelante, mi hijo es feliz, lo veo sonreír, correr a abrazarme. Eso yo no lo hice nunca. Así es que ya está sucediendo. Lo estoy logrando. Lo único que me falta es poder darle a Lucas un espacio seguro, un departamento chiquitito, donde vivamos los dos en paz”, y esa última palabra es casi un soplido, un conjuro, que vuela en diagonal dejando una estela de polvo brillante sobre el pasado.
Fernanda
25 años · Puente Alto · Egresada 2023 – Peluquería y Manicure
Hoy: Manicurista y estudiante En Santo Tomás, téc. en enfermería mención gineco-obstétrica y neonatal
“He podido enseñar lo que he aprendido estos años, en la Fundación que me dio refugio. Eso, para mí, ya es cumplir un sueño.”
Fernanda creció en Puente Alto, en un entorno marcado por la violencia intrafamiliar y el abandono emocional. Desde pequeña fue testigo de la depresión en la que vivían las persona de su entorno más cercano, y del maltrato constante entre sus padres. La separación de ellos fue dolorosa: su madre intentó quitarse la vida, su hermana menor fue enviada con otros familiares, y Fernanda quedó sola bajo el cuidado de su padre, sintiéndose invisible y olvidada.
A los ocho años volvió a vivir con su madre, pero en condiciones aún más hostiles: vivían como allegadas, sin acceso a un baño privado, y sufriendo burlas constantes. En ese contexto, Fernanda asumió el cuidado de sus hermanos menores para que su madre pudiera trabajar. Uno de ellos, el último hijo y único hombre en la familia, la llamó “mamá” desde pequeño.
Entre mudanzas constantes, bullying escolar y múltiples responsabilidades, su adolescencia fue solitaria y marcada por la tristeza. Descubrió a los 13 años que era bisexual, y aunque su madre reaccionó con rechazo, su padre —pese a sus defectos— le dio un abrazo y le dijo: “Amar es amar”. Fue uno de los pocos gestos de amor que recuerda.
Su primera relación duró tres años y estuvo cruzada por la fiesta, el alcohol y la violencia. Cuando su pareja sufrió un accidente, quedó en coma, Fernanda la acompañó día y noche en el hospital. Pero descubrir una infidelidad fue el punto de quiebre. Escribió una carta, se fue… y cayó. Pasó un año completo sin levantarse de la cama, sumida en una profunda depresión.
Un día, desde el fondo de ese dolor, se dio cuenta de que nadie más iba a salvarla. Se levantó. Se inscribió en un colegio 2×1, trabajó en una botillería, terminó el cuarto medio y luego comenzó a estudiar Diseño Gráfico en Inacap. Cuando quedó embarazada tras una relación casual, decidió seguir adelante con el embarazo. Fue valiente, a pesar del miedo.
Lucas nació en plena pandemia, mientras Fernanda vivía con su padre, que sumido en la cesantía y la soledad que causó la cuarentena, se ahogó en el trago. Sintió el peso del abandono, pero también la urgencia de cambiar su destino. Fue entonces cuando llegó a Fundación Soymás.
En la Fundación encontró contención, herramientas, y una comunidad que creyó en ella. Se formó en manicure y peluquería, descubrió su talento artístico y aprendió a confiar en sí misma. Con su trabajo hoy paga el jardín de Lucas y mantiene su hogar. Él la recibe cada día con abrazos y carcajadas, y es su mayor inspiración.
Hoy, Fernanda es educadora en el área de la belleza. Enseña a otras mujeres a aprender un oficio, a comenzar de 0 y re construirse, sobre todo, a creer en sí mismas. Capacita emprendedoras en empresas como salones y peluquerías, transforma cada clase en una oportunidad para sembrar esperanza. Entró a estudiar para seguir creciendo y cumpliendo sus sueños.
Fernanda no solo se levantó: hoy levanta a otras. Y está construyendo el hogar que nunca tuvo, para que Lucas crezca viendo que a pesar de las dificultades que tiene la vida, se puede lograr todo lo que sueñas si te esfuerzas y lo haces con amor.