Colibrí Iridiscente

Colibrí iridiscente
Entre 5 y 20 centímetros puede medir un colibrí iridiscente y, sin embargo, es tan deslumbrante su belleza que es señalado en varias culturas como símbolo de alegría sólo por el hecho de aparecer y dejarnos descubrir cómo cambian los colores de sus plumas. Como muchas cosas otras de la vida, la hermosura de este picaflor depende del ángulo desde el que se le mire. Por eso también su sorpresiva y siempre veloz llegada se relaciona con la perspectiva y las posibilidades de decidir.
A Natalia le gustan los picaflores. Y cuando entra en una sala parece irradiar algo con su humor y su simpatía. Por un segundo parece seria y nostálgica, pero casi de inmediato revela lo divertida que es y cuán contagiosa es su risa.
Es la menor de tres hermanos. Se acuerda de las tardes en su casa cuando iba con su hermana a patinar a la plaza, que tomaban once al llegar y después escuchaban juntas reggaetón, pero cuando entra en la espesura que es a veces la memoria, intenta salir rápido. Entra y sale como un picaflor porque otros recuerdos de su niñez son oscuros, con golpes y gritos.
La violencia reinaba en su casa y entre sus papás. Hasta que un día, cuando Natalia tenía 12 años, su papá le pegó a ella y su mamá dijo basta aunque no sería la mejor solución. Ella se fue, y los niños se quedaron con una tía.
“La casa era una pequeña extensión de una capilla donde ella trabajaba, y compartíamos espacio con mis tres primos. Con mi hermana nos deprimimos. Me sentía sola y angustiada por estar separada de mi mamá y empecé a elegir con malas juntas”.
Además de las dificultades en su hogar provisorio, Natalia empezó a sufrir acoso en su nuevo colegio. Un compañero se aprovechó de la soledad de la recién llegada sin que los demás se dieran cuenta. A la niña no le habían enseñado a pedir ayuda y suponía que si contaba no le creerían. Cuando se atrevió a contárselo a su hermana, le advirtió que era grave, pero acordaron no decir nada porque pensaban que si denunciaban, las declararían vulnerables y no las dejaran volver con su mamá algún día.
Para evitar encontrarse con su abusador, Natalia dejó de ir a clases y cruzaba con un grupo a la plaza a fumar y tomar. Cuando descubrieron su ausencia escolar y los motivos, la cambiaron de colegio. Natalia volvió a sentir el desarraigo, ir de casa en casa, de colegio en colegio, posándose un rato aquí y otro allá, como un colibrí.
Fue en medio de esa soledad que conoció a Rodrigo. Era mayor de edad y Natalia se sintió profundamente enamorada. Le decía cosas que nunca había escuchado entre sus padres y pensó que era eso lo que quería. Que tanta preocupación y supervisión, decorada con esos besos y frases románticas, era el amor. Pero todo depende del ángulo desde donde se lo mire.
“Ahora entiendo que entrometerse en mi celular, decidir quiénes podían ser mis amigos y las escenas de celos, no eran manifestaciones de amor. El problema es que mi papá también es celoso, por lo que todas esas actitudes de Rodrigo me parecían normales. Me entristece que los adultos no intervinieran, que no me advirtieran, que no me cuidaran. Yo era una niña. Tenía 13 años”, reclama Natalia con firmeza de un colibrí que logra sostenerse volando en el mismo lugar para proteger lo que le pertenece.
A los 14 se dio cuenta de que estaba sola. No le quedaban amigas, y no tenía puntos de comparación saludables para su relación. No podía describir lo que sentía, ni entender lo que pasaba, ni pedir auxilio.
Como una manera de crear un espacio de independencia para ella, Natalia le propuso a su pololo que terminara el colegio, que volviera a estudiar. A él le pareció una buena idea, pero a los pocos días estaba de vuelta, le decía que no quería lejos de ella. La marca personal empezó a ser también de noche cuando Natalia empezó a vivir con su mamá de nuevo. Había más espacio y Rodrigo se podía quedar a dormir y la seguía como una sombra, 24 horas al día. La iba a dejar al colegio, la esperaba a la salida, se la llevaba rápido a la casa, mientras Natalia miraba de reojo a sus amigas alejarse riéndose y chismeando. No podía precisar qué era lo que la incomodaba aunque se repetía: “esto no es normal”.
Como un ave diminuta que es por eso presa fácil pero también veloz y astuta, Natalia buscaba incesantemente una ventana por la que salir. Se inscribió en talleres extra programáticos de teatro, básquetbol y pintura como una manera de recuperar momentos de su propia vida. Y entonces fue como si recordara su capacidad de hacer amigos, la habilidad para el deporte y las manualidades, cuánto le gustaba hacer reír a otros con sus bromas rápidas e ingeniosas de picaflor. La luz le empezó a llegar desde otro ángulo, vio sus plumitas brillando de todos colores. Y estuvo segura de que su relación tenía que terminar.
A pesar de sus esfuerzos, Rodrigo se negaba a asumir el quiebre. La llamaba gritando, la esperaba, la seguía. Le daban ataques de celos sin motivo y le inventaba razones. Natalia resistía, pero los picaflores de pronto se cansan. Se detienen. Los atrapan justamente porque los han visto volar. Natalia no supo cómo seguir huyendo y quedó atrapada en eso que pensaba que era un jardín porque nunca había visto uno. Rodrigo la hizo pensar que nunca conseguiría a alguien mejor, que su vida dependía de esta relación. Como un ave rapaz espero hasta que Natalia se rindió y volvieron.
La violencia física apareció casi al mismo tiempo. “Llegó un minuto en que yo ya no quería verlo en mi casa ¡y no tenía cómo echarlo! Esa desesperación me fue poniendo muy agresiva. Le gritaba a punto de volverme loca que se fuera. La violencia escaló hasta que un día mi papá lo echó”, recuerda Natalia con alivio y también la emoción de haberse sentido por primera vez realmente amparada. Sin embargo, sentía que su vida sin él se había acabado y lloro sin parar durante varios días hasta que un día se lavó la cara y salió. Recuperó sus estudios, el deporte, los chistes, los amigos. Rodrigo la seguía. Natalia lo ignoraba y defendía como podía su decisión.
“Se demoró un año en dejarme en paz y desaparecer. Yo tenía 16 y por primera vez podía caminar tranquila por la calle”, cuenta Natalia como mostrando una medalla ganadora.
Cuando se animó y entró a Tinder, hizo match casi de inmediato. En la primera cita confirmó que era un hombre mayor, salieron un par de veces y cuando Natalia quiso escribirle algunas semanas después, no le contestó. Necesitaba hablar con él para decirle que estaba embarazada.
Casi de inmediato resolvió que tendría a su hijo sola. Les contó a sus papás que, después de mucho discutirlo, apoyaron la decisión de la joven.
Como era de esperarse, no fue fácil, hubo sacrificios y cansancio pero también un viaje a lo más profundo de sí misma para redescubrir, para reencantarse. El picaflor escarbando flor adentro hasta rescatar el tesoro que sabe que hay ahí.
Natalia descubrió, enfrentó y le puso nombre una a una a sus inseguridades. “Empecé a maquillarme para sentirme mejor, más bonita. Arreglé mi forma de vestir. Llevaba años cubriéndome con cosas sueltas e intentando no llamar la atención para evitar escenas de celos o porque me sentía fea. Así que, por primera vez, empecé a usar ropa linda, de colores, de mi talla, para verme y sentirme bien. Además, con la ansiedad había subido mucho de peso, entonces mejoré mi alimentación y me organizaba con mi hermano para ir a hacer spinning”.
Cuando se sintió mejor, incluso con todos sus cercanos haciéndola dudar, se acercó a la Fundación SoymásSoymás para volver a estudiar. Su hijo tenía 6 meses y ella lo miraba y sabía que entendía que ese esfuerzo lo hacía por los dos, por su futuro juntos. Sería tal cual, porque además de conocimientos para el mundo laboral, en SoymásSoymás le dieron herramientas para su maternidad, la crianza, el apego seguro, su autoestima como mujer, su confianza como mamá para construir la certeza de que sería “la mejor mamá que mi hijo puede tener”.
Ha pasado mucha agua bajo el puente y Rodrigo sigue siendo la única relación que ha tenido hasta ahora. Ve lejana la posibilidad de enamorarse de nuevo. Todo su tiempo y todo su amor se lo dedica a su hijo y a la reconstrucción de su independencia. Quiere seguir creciendo como persona y como mamá, con vínculos que no se basen en el control, sino en la confianza y la colaboración.
Cuando describe ahora lo que sueña para su hijo, de alguna manera resume lo que ella ha aprendido: “La mujer que mi hijo tenga al lado se va a sentir orgullosa del hombre que él va a ser. Estoy determinada a que sea un hombre bueno. No quiero reflejar mis inseguridades en él y le voy a enseñar lo que nadie me enseñó a mí: todo tiene su tiempo, no hay necesidad de adelantar etapas. Le quiero inculcar saber expresarse con palabras y sin golpes. Voy a trabajar duro por no normalizar la violencia ni conductas tóxicas y, a pesar de no ser perfecta, estoy trabajando por ser siempre mejor.
Su maternidad y su independencia se convirtieron para el corazón tornasol de Natalia, en el ángulo por donde más lustrosamente refleja la luz que recibe para poderla compartir.
Natalia
24 años · La Granja · Egresada de Fundación Soymás 2022
“La única persona a la que debo gustarle de verdad es a mí misma.”
Natalia tiene una energía contradictoria: mientras hace chistes para romper el hielo, sus ojos maquillados con precisión parecen guardar una nostalgia profunda. Ha vivido siempre en La Granja, en la misma casa donde nació y creció. De niña disfrutaba salir a patinar con su hermana y escuchar reguetón con amigas del colegio. Sin embargo, lo que más recuerda de su infancia son los gritos y golpes entre sus padres.
A los doce años, cuando su padre la golpeó, su madre decidió denunciarlo. La consecuencia fue que Natalia y su hermana tuvieron que irse a vivir con una tía, lejos de su madre y su colegio. Fueron tres años difíciles, en una casa pequeña junto a tres primos, donde la atención y el cariño escaseaban.
En el nuevo colegio, la vulnerabilidad de Natalia se convirtió en blanco de acoso. Un compañero la tocaba sin su consentimiento. Por miedo a que no le creyeran, guardó silencio. Para evitarlo, dejó de asistir a clases y se refugió en un grupo de amigos que pasaban el día en la plaza fumando y bebiendo. Solo su hermana supo lo que ocurría. “Fue un alivio que ella no me dijera que exageraba, pero decidimos no contarlo por miedo a que nos separaran de mi mamá”, recuerda.
Cuando la situación se descubrió, la cambiaron de colegio, pero Natalia ya arrastraba una tristeza y una ansiedad que la ahogaban. En ese contexto conoció a Rodrigo, un joven mayor de edad que le ofrecía palabras de cariño que nunca había escuchado en su casa. “Me decía que me amaba y yo le creí. Hoy entiendo que sus celos y control no eran amor, pero en ese momento me parecían normales. Mi papá también era celoso, y crecí pensando que eso era parte de querer a alguien”.
A los catorce años, Rodrigo ya la aislaba completamente. Revisaba su celular, decidía quiénes podían ser sus amigos y la acompañaba todo el día, sin dejarle espacio propio. Para escapar, Natalia se inscribió en talleres de teatro, básquetbol y pintura, donde apagaba el teléfono y empezaba a reencontrarse consigo misma. “Ahí descubrí que me gustaba el deporte, que era chistosa y creativa. Fue como volver a respirar”.
Con esa nueva confianza decidió terminar la relación, pero Rodrigo no lo aceptó. La amenazaba con quitarse la vida y la seguía a todas partes. La violencia escaló hasta que su padre lo enfrentó y le prohibió volver a la casa. “Sentí que el mundo se me venía abajo, pero era lo mejor. Bloqueé su número y sus redes. Me costó un año completo que dejara de seguirme”.
A los dieciséis, Natalia comenzó a recuperar su vida: hizo nuevas amistades, volvió a estudiar y se sintió más libre. Pero a los dieciocho, en un momento de fragilidad emocional, conoció a un hombre mayor por Tinder. Rápidamente quedó embarazada, y él desapareció. A pesar de todo, decidió tener a su hijo. “Sabía que podía salir adelante sola. No iba a retroceder después de todo lo que había vivido”.
Convertirse en madre la hizo más consciente de sus propias heridas y fortalezas. Se refugió en el maquillaje y en una nueva forma de vestir para recuperar la confianza en sí misma. “Por años me escondí en ropa suelta porque me sentía fea o para no provocar celos. Con el tiempo, empecé a usar colores lindos y a verme por primera vez con amor”.
Ingresar a Fundación Soymás fue un punto de inflexión. A pesar de las voces que le decían que no podría estudiar con un bebé de seis meses, Natalia decidió postular. “Estaba ahí por los dos, por mí y por mi hijo. Quería demostrarme que podía construir un futuro mejor para él”. En la fundación encontró talleres de maternidad, apoyo psicológico y una comunidad de mujeres que la ayudaron a creer en su valor.
Hoy, Natalia está convencida de que la independencia emocional es su mayor logro. “Rodrigo fue la única pareja que tuve, y me dejó muchos miedos. Pero estoy aprendiendo que existen relaciones basadas en la confianza, no en el control”. Su mayor deseo es criar a su hijo con respeto y empatía. “Quiero que aprenda a expresarse sin violencia, que viva cada etapa a su tiempo. Me esfuerzo por enseñarle lo que nadie me enseñó a mí: que el amor se demuestra con palabras y con libertad, nunca con miedo”.