Chile no protege el cerebro de sus niños
“…los niños que duermen menos de cuatro horas en promedio cada noche son los que viven en condiciones de alta vulnerabilidad. Esto afecta su capacidad para aprender y retener información…”
Hay niños que duermen en promedio 3,8 horas cada noche. Es una tragedia, porque si no pueden satisfacer una de las necesidades más elementales para cualquier ser humano, difícilmente podrán desarrollar los otros aspectos de su vida.
Esta y otras realidades alarmantes que revelaron la falta de protección del cerebro de nuestros niños quedaron a la vista durante el reciente seminario internacional “Cerebro, Pobreza y Trauma Temprano”, que organizaron NeuroLC y la Fundación Soymás.
La actividad reunió a destacados expertos internacionales, quienes exploraron cómo la adversidad infantil impacta el desarrollo cerebral y, por ende, la vida futura de los menores. Las reflexiones que surgieron durante el seminario nos obligan a tomar conciencia respecto de la urgencia de abordar esta problemática, partiendo desde la perspectiva científica, para luego abordarla como política pública. Es imprescindible que esto derive en una intervención social concreta.
Precisamente, uno de los puntos destacados del seminario fue la necesidad de integrar los avances en neurociencia en los programas sociales. Esta disciplina ha revelado información crucial sobre cómo se desarrollan los circuitos cerebrales y cómo estos se ven afectados por experiencias adversas.
Desde la Fundación Soymás estamos trabajando en un proyecto Fondecyt que investiga la relación entre el sistema noradrenérgico (neurotransmisores de noradrenalina) y los síntomas del TDAH (trastorno por déficit atencional e hiperactividad) en adolescentes con antecedentes de adversidad. Este tipo de estudios abre nuevas puertas para mejorar el diagnóstico y tratamiento de condiciones que afectan a nuestros niños, permitiendo que la ciencia se traduzca en herramientas prácticas y accesibles para las comunidades.
En su exposición, el experto Eamon McCrory enfatizó que los niños expuestos a entornos adversos tienen respuestas diferentes al estrés en comparación con sus pares, lo que termina afectando su motivación y capacidad para conectarse con su entorno. Esto demuestra la importancia de políticas públicas que promuevan intervenciones tempranas en entornos seguros para que los niños puedan reconstruir su confianza y desarrollar conexiones sociales.
La inversión en primera infancia no solo genera un impacto social positivo, sino que también resulta en beneficios económicos significativos al reducir costos futuros y aumentar la productividad.
Fude Sudarta Ribeiro quien abordó el tema del sueño infantil, destacó que los niños que duermen menos de cuatro horas en promedio son casualmente los que viven en condiciones de alta vulnerabilidad. Esto afecta su capacidad para aprender y retener información. Numerosos estudios han demostrado que una arquitectura de clases puede mitigar significativamente este impacto. Ribeiro propuso un “ciclo ecológico de la mente” que integra aprendizaje, ejercicio, nutrición y descansos como elementos esenciales para el desarrollo infantil.
Nancy Mannix compartió cómo, desde la Fundación Palix de Canadá, han logrado utilizar evidencia del Centro para el Desarrollo Infantil de Harvard para generar programas accesibles y eficaces. Una de las herramientas que desarrollaron es la Escala de Resiliencia, que democratiza el conocimiento científico sobre cómo se puede construir resiliencia en las comunidades. Su curso “Brain Story” ha capacitado a miles, mostrando que el conocimiento debe ser accesible para todos.
Necesitamos acercar la neurociencia a cada hogar, pero en una sociedad informada y preparada para apoyar a nuestros niños.
La conclusión del seminario es clara: debemos trabajar holísticamente en la resiliencia infantil. Esto no reside únicamente en el niño, sino también en los vínculos que tiene con sus cuidadores, educadores y comunidad.
La evidencia está disponible; otros países han avanzado significativamente en este ámbito. Es hora de preguntarnos por qué Chile aún no logra unirse a este camino vital para nuestras futuras generaciones. Proteger el cerebro de nuestros niños no es solo una responsabilidad individual; es un compromiso que debemos asumir como sociedad.
Debemos actuar hoy. El período crítico que comienza dentro de poco puede ser irreparable si dejamos pasar más tiempo frente a un problema que mantenemos dormido en la trasnoche por demasiados años.